(La Tercera) El obispo Gaspar Quintana -máxima autoridad eclesiástica de la Región de Atacama- viajaba en su camioneta rumbo a la mina el pasado domingo, cuando una llamada lo alertó del hallazgo de los mineros con vida. «Es un milagro, padre», le dijo uno de sus acompañantes.
El religioso lo miró sorprendido, pero no abrió la boca. «Estaba demolido por los pronósticos que hablaban de muy bajas probabilidades de sacarlos vivos», recuerda hoy, sentado bajo el tibio solcito que se deja caer en el patio interior de la Catedral de Copiapó.
Un señor de barba, con acento brasileño, se despide efusivamente de él y le ruega que se porte bien. El obispo sonríe y responde que le hará empeño. Luego, prosigue su relato. Al llegar a la mina, todo el mundo lo abrazó, narra con emoción. «Todas las palabras humanas ya habían sido dichas. Pero apareció un detalle…», agrega, mirando de reojo a una imagen de la Virgen de la Candelaria, santa patrona de la zona.
Se refiere a que, junto con los abrazos, también llegó un pedido. «Padre, esto es un milagro», volvió a escuchar.
A pocos metros de él, sobre una lomita que hay a la entrada de la mina, Amaro Gómez-Pablos comenzaba su despacho televisivo para TVN citando el portento.
Don Gaspar se rascó la cabeza y optó por dejar para más tarde un debate interno sobre el cual debía tener una respuesta pronta. Esa misma noche lo decidió: haber encontrado con vida a los 33 mineros después de 17 jornadas no era un milagro y tampoco llevaría a cabo ninguna formalidad ante el Vaticano para que se le reconociera como tal. «Si me pongo exquisito, teológicamente hablando, esto no es un milagro», argumenta. «Los requisitos son mucho más estrictos y creo haber decidido que no haré gestión alguna», completa.
La vida del minero, cuenta Quintana, es un sinónimo de incertidumbre. Una vida dura, material, en la cual todo es piedra y metal. Por eso mismo, explica el religioso, acaecen en la vida momentos fronterizos en los cuales podemos percibir la finitud.
Pero eso no es un milagro, insiste. «No se puede argumentar teológicamente. Aquí existió una conjunción de diversos factores. El ministro (Golborne) y todos veían muy complicado el asunto frente al poder de la naturaleza. Es un evangelio, una buena nueva, pero no un milagro, un miraculum», establece.
Pero eso no es todo. Otra de las tribulaciones que ha sufrido el obispo es el masivo avance de la religión evangélica en el campamento Esperanza. De hecho, los mineros confesaron que un compañero evangélico les ayudó a mantener la fe en el fondo de la mina. «El punto de convergencia es Jesucristo y la mayoría en la zona son católicos», dice a modo de consuelo. Luego, apunta la dispersión demográfica que hay en la región. «Aquellos que no se acercan a la Iglesia y que no tienen una formación de fe sólida, son más propicios a que los tome cualquiera. No es lo mismo la fe dirigida en misas a 50 personas que a 500», completa.
Ayer por la mañana, el obispo Quintana fue entrevistado por Radio Vaticana, en vivo y en directo desde la Santa Sede. La mitad fue en español y la otra mitad, en italiano, detalla. Les habló de la necesidad de dignificar el trabajo.
Sabido es, al menos en la mina San José, que el sacerdote -nacido en Santiago y con una escala en otra localidad minera, Andacollo- es reconocido por su crítico discurso contra las empresas. Incluso se rumoreó que había recibido la sugerencia de espaciar sus visitas al pique.
Él lo desmiente. Dice nada de eso hubo. Y que, con las autoridades, su única conversación se remitió a saludos protocolares. De sus jefes, aclara, siempre estuvo en contacto con monseñor Alejandro Goic, a quien mantuvo al tanto sobre la situación de las familias en la mina. «Pero nadie me retó», explica.
Que hubo descuidos en la mina, los hubo, asevera. «Debemos entender que no somos los tigres del Asia, tampoco los pumas. No puede ser que porque paguen más, la gente termine arriesgando su vida. Me he cuidado mucho de no decir cosas que no corresponden, pero claro que ha existido abuso por parte de los empresarios. Hay explotación y maltrato. Deben entender que el trabajo no es un saco de papas y que los mineros tampoco son unas bestias de carga», añade.
Quien habla, dice, no es Gaspar Quintana, obispo. «Es la doctrina social de la Iglesia», puntualiza.
Fuente / La Tercera