(El Mercurio) Antes, las grandes mineras solucionaban todos sus problemas con un cheque. Organizaban una fiesta, restauraban la iglesia del pueblo y entregaban un generoso donativo cada vez que había un conflicto.
Desde los años 90 el aumento de la conciencia ambiental, la internet y, principalmente, la judicialización de los proyectos, ha hecho que la gente se «empodere» al punto de que «incluso un pequeño pueblo pueda hacer que una gran compañía cierre», explica Paula Rojo, gerente comercial de Mi Voz, empresa dedicada a medir la reputación de las grandes empresas y apoyar sus relaciones comunitarias.
Este empoderamiento ha hecho que las grandes mineras replanteen la forma en que se relacionan con las comunidades. Ya no basta con ser vecinos: hay que ser buenos vecinos, pero también vecinos muy cercanos.
«Las empresas mineras hoy están enfocadas a relacionarse de manera fuerte y constante con la comunidad», dice Juan Carlos Palma, vicepresidente de Sustentabilidad en Collahuasi.
Para eso, las mineras han creado equipos dedicados exclusivamente a relacionarse con las comunidades, un trabajo que hoy es considerado crítico sobre todo en los proyectos que están recién en proceso de evaluación, porque los vecinos no sabén cómo los afectará. «Hay que tener en cuenta que todos los proyectos generan impactos, y esos impactos deben transparentarse a la comunidad y buscar formas en que la suma de éstos sea positiva para la comunidad», explica Katia Bordoli, coordinadora del área relaciones comunitarias de Barrick Cerro Casale.
Por eso hay que actuar rápido y de la manera más precisa posible, aquí cualquier error puede costar caro, como el caso de una minera en donde el líder de un equipo de negociadores prometió que la implementación de una nueva tecnología en la mina no traería problemas en un pueblo cercano, con tan mala suerte que, unos meses después, una falla hizo que llegara mal olor al pueblo vecino. Evitaron demanda, pero la minera tuvo que renovar todo su equipo en terreno, para restaurar confianzas.
«Muchas de las empresas además de analizar la factibilidad económica de un proyecto, realizan análisis de factibilidad territorial, ambiental y social», explica Juan Francisco Mackenna, presidente de la Cámara Chileno Australiana de Comercio. Cerro Casale, por ejemplo, un proyecto que aún está en etapa de estudio, ya lleva dos años trabajando con las comunidades cercanas al futuro yacimiento.
En este primer acercamiento a la comunidad, explica Luis Alberto Pino, gerente regional de Comunicaciones de Barrick Sudamérica, los equipos elaboran la Línea de Base Social, un catastro que implica conocer las comunidades vecinas, sus preocupaciones, necesidades y los potenciales focos de conflicto. «Pero la relación con los vecinos directos tampoco basta», dice Josefina Undurraga, de Mi Voz, quien explica que las compañías también han entendido que también se debe apuntar a la gente que nació allí o tienen familiares en los poblados cercanos y que ya no viven allí, pero aún se sienten parte de la comunidad.
Tras esto se establece la estrategia a seguir. En general, las mineras no trabajan solas sino que con organizaciones que «transfieran» lazos de confianza con la comunidad. Es que si éstos no se establecen rápido la posibilidad de judicialización es muy alta, aunque este fenómeno «es imposible evitarlo», dice Juan Carlos Palma.
Incluso tras el cierre
Una vez establecidos los vínculos de confianza es que empieza el trabajo de mantención y profundización de éstos.
En este punto el negociador enfoca su trabajo en detectar y detener posibles conflictos, el que se realiza por varios frentes: los negociadores visitan cada pueblo al menos una vez al mes, mientras que otros equipos monitorean las redes sociales, los medios de comunicación y las relaciones con las autoridades regionales y nacionales, hasta que el equipo pasa a ser un miembro activo de las comunidades en que operan, como explica Allison Coppel, gerente de Comunidades y Desarrollo Social de la Unidad de Cobre de Anglo American.
Y este trabajo sigue, incluso, después de cerrada la mina. ¿Por qué? «porque hoy la reputación de la compañía también tiene que ver con la facilidad de hacer negocios en el futuro. Si una empresa tiene malas relaciones o cierra un yacimiento de manera irresponsable, afecta sus posibilidades de instalarse en cualquier otra parte del mundo», concluye Luis Alberto Pino, de Barrick.
La idea es instalar la voz de las empresas dentro de las comunidades.
Más mujeres y menos mineros
A veces, sobre todo en pueblos pequeños, la figura del negociador es visto como un «extranjero». Por eso las mineras prefieren formar sus equipos con gente nacida o que ha vivido por muchos años en la misma región del proyecto. A veces, eso sí, los pueblos exigen la visitas de altos ejecutivos santiaguinos quienes, creen, solucionarán más rápido sus problemas.
Por las habilidades especiales que se necesitan para cumplir con este trabajo, se prefieren profesionales del área humanista, por lo que los ingenieros y los mineros son la minoría, al igual que los hombres, que tienen menos facilidad para establecer lazos que las mujeres. Este «perfil» se combina con estrictos protocolos, que buscan evitar que el trabajo de los negociadores se convierta en un riesgo. Por eso es que se les prohibe mentir, hablar de política y prometer nada, a menos que esté autorizado por la empresa.
Tan especializados son, que un buen negociador puede ser constantemente muy apreciado en las compañías, que suelen tentarlos con sueldos que van entre los $2 millones y los $5 millones, sin contar los viáticos por estar, al menos, 15 días al mes en terreno.
Fuente / El Mercurio