(El Mercurio) «Estábamos esperando la muerte». La frase de Richard Villarroel, el coyhaiquino de 27 años que nunca le dijo a su madre que trabajaba en una mina, comienza a develar las reales y desesperadas condiciones en que estaban los 33 trabajadores encerrados en el fondo de la mina San José, cuando en la madrugada del 22 de agosto tuvieron contacto con la primera sonda que llegó al taller en busca de señales de vida.
Pese a las extremas condiciones de ese momento -entre ellas un ayuno de 72 horas, medida que habían adoptado para maximizar las tres raciones de atún que aún les quedaban-, el grupo también fue capaz de organizarse al mando de Luis Urzúa, el jefe de turno. Todo se resolvía con votaciones. «Éramos 33, así es que 16 más uno era la mayoría», explica el propio Urzúa, el último en ser rescatado.
Tal disciplina les permitió extender la duración de sus alimentos, aunque a un alto costo físico. Al cabo de 17 días de aislamiento, relata Richard Villarroel, «nos estábamos consumiendo, como si estuviéramos trabajando. Nos movíamos, pero no comíamos bien. Nuestros cuerpos se consumían y nos pusimos cada vez más flacos. Mi cuerpo se consumía a sí mismo».
Como se sabe, en la mina había agua, pero recién ahora hay más datos sobre su calidad. Cuando sólo les quedaban 10 litros de agua mineral, decidieron recurrir al líquido que había en la mina. «Tenía mal gusto, gran cantidad de aceite de las máquinas, pero debíamos tomarla», afirma el aysenino. «Muchos comenzaron a tener dolor de estómago», añade Darío Segovia.
La leche que había en la mina, en tanto, duró pocos días porque «se echó a perder», sostienen.
La presencia de oxígeno en el yacimiento tampoco era abundante. Según Darío Segovia -diagnosticado con una periodontitis y una leve alza de presión al salir de la mina en la tarde del miércoles, en el lugar número 20-, sus compañeros «estaban desesperados porque les faltaba el aire y por eso recorrían constantemente la galería».
En ese contexto, el liderazgo de Urzúa y de José Henríquez -denominado el guía espiritual del grupo- fue clave.
Los 33 escuchaban el ruido de las sondas que intentaban ubicarlos, pero sabían que estaban lejos, lo que desalentaba a varios. Algunos mineros, incluso, llegaron a pensar que los rescatistas se habían olvidado de ellos. Por eso, mientras Urzúa les decía que debían tener fuerza interior, Henríquez apelaba a la oración. «Yo nunca había rezado, pero aprendí a rezar, a estar cerca de Dios», detalla Villarroel, quien será padre el próximo mes.
Henríquez, evacuado en el lugar 24º y con un alza de presión a cuestas, lo resume así: «El hecho de que la mayoría haya aceptado a Jesucristo como su Señor y Salvador personal ayudó».
Quemaron neumáticos
Una de las primeras decisiones que tomaron los mineros tras comprobar que estaban varados en el fondo de la mina fue enviar señales de vida al exterior. Y para ello se valieron de la materia prima que había en el yacimiento. Richard Villarroel (27) tomó una camioneta y subió por lo que quedaba de rampa hasta el nivel 190. Entonces comenzó a quemar neumáticos, a manera de señal, «para ver si (afuera) veían humo o algo».
No fue lo único. También realizaron pequeñas detonaciones de explosivos y apoyaron maquinaria pesada contra los muros de la galería para que la mina vibrara hacia la superficie.
«Si hubiésemos puesto atención desde el día uno a la cima de la mina, nos habríamos dado cuenta antes de que los mineros estaban vivos, por el humo que echaban con el fuego que hicieron o el ruido que generaron con las detonaciones», ha reconocido ahora Miguel Fortt, asesor del rescate.
Fuente/El Mercurio