Las postales del quebranto de los familiares en el campamento Esperanza

Hasta ayer, la mina San José seguía tomada por pequeños altares con mensajes de fuerza y honor, instalados por las familias Sepúlveda, Peña, Sánchez y Bustos.

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(La Tercera) Fue un bofetazo duro, cobarde y mañoso. La nerviosa cuenta atrás del intento de rescate de los 33 mineros atrapados en el fondo de la mina se prolonga y los denodados esfuerzos por sacarlos con vida chocan contra toneladas de tierra y frustración.

Familias abrazadas, el doloroso letargo que sigue al llanto y la imagen de una niña de rodillas ante la Virgen de la Candelaria fueron la respuesta a un destino incierto.

Las expectativas, la religión y la templanza combatían al desánimo. Pero pretender que la fe mueva precisamente esta montaña parece ser palabras mayores. La gente del desierto es sabia.

Acá, cuando el sol es tímido, no sólo trae consigo un frío
crudo, sino también malas noticias. Pésimas, para ser precisos. Ya durante la tarde podía palparse el desgaste de 10 días eternos, en busca de una certidumbre que no llegaba.

La reunión del ministro Laurence Golborne con las familias fue un concierto de llanto y dolor. «Te dije que el día estaba raro», contó Claudio Acevedo, el amigo futbolista de Franklin Lobos y también yerno de Omar Reygada. «Las mujeres lloraron. Fue muy triste», relató.

Un grupo de mujeres intentó levantar el ánimo con gritos y cánticos de esperanza. «Vamos, vamos chilenos, que ya pronto los vamos a sacar».

Altares

La curva final hacia la barrera que cierra el paso a particulares a la mina San José, tomada por pequeños altares instalados por cuatro familias, vivía anoche un silencioso duelo. La de Mario Sepúlveda decía «Fuerza, Perri».

El mensaje de Edison Peña mostraba retratos de sus tiempos más felices: «Fuerza, cara de loco. Tu familia te espera. Serás más grande que Elvis: héroe del Bicentenario».

También se hacía honores a Jimmy Sánchez y Raúl Bustos, junto a sus fotografías, sonrientes. La labor de contención se desplegó, con sicólogos en terreno, apenas conocida la noticia.

«Vamos, carajo. Un montón de tierra y piedras no pueden con este puñado de atacameños», rezaba un letrero del campamento Esperanza.

Sobre el cerro, una bandera boliviana, la de Johnny Quispe, fue incluida entre los emblemas patrios que hasta ayer adornaban el lugar.

«Parecen sonámbulos. Esto ha sido demasiado largo», aventuró el diputado comunista Lautaro Carmona.

No todo es naufragio. Algunos rostros, tantas veces vistos, se acercan a dar sus partes de estados de ánimo. «Tengo fe, claro que tengo fe», dijo Alonso Contreras, tío de Carlos Barrios y amigo de Víctor Vargas.

El hombre aseguró que el contacto -el «rompimiento» del que hablan los expertos- se producirá sí o sí. «Ellos, los más viejos, los más zorros, deben estar abriéndose paso hacia arriba», aseguró, incluso, después de saber que la chimenea estaba bloqueada.

Dolor tras reunión

El ministro de Minería volvió a mostrar signos de abatimiento en su reunión matinal con los familiares y pidió no ilusionarse sin base técnica. «Golborne está entregado», contó uno de los que han participado en el comité de expertos encabezado por el gerente de operaciones de El Teniente, André Sougarret.

Los nervios se acumularon entre ingenieros y autoridades. La intendenta Ximena Matas lució devastada por la tarde y llorosa por la noche.

A menos de un kilómetro de distancia, 33 familias siguen poniendo lo que les queda de esperanza en manos de esas benditas perforadoras. El sondaje es lo único que queda. Ya no hay plazos ni promesas.

Poco antes de las 16.00, el obispo de Copiapó, Gaspar Quintana, se bajó de una camioneta. En la liturgia -esta vez ecuménica-, con San Lorenzo, su casco y su linterna de minero colgando de uno de sus brazos, volvió a clamar por el perdón de la mina para esos 33 nombres cuyas caras y familia ya conoce todo el país. Nombró a los mineros uno por uno y luego pidió a Dios que iluminara su camino hacia el escape.

Tras los anuncios de anoche, algunos bajaron los brazos. El camionero Juan Contreras, el tío de Carlos Barros, llamó a su jefe y le pidió carga para mañana. «La vida sigue», explicó mordiéndose los labios.

Para otros, en tanto, la ilusión seguía pendiente de la punta de un taladro.

Fuente / La Tercera

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