(El Mercurio) Trabajan solos, casi como ermitaños. Acompañados de palas, baldes, platillos y canaletas para ejercer su oficio. Son los últimos buscadores de oro que se niegan a abandonar el sector alto del río Las Minas, a 6 km aguas arriba de Punta Arenas.
Cada día, cerca de las 10 de la mañana, Rupertino Navarro y José Soto llegan al lugar y, sin importar las temperaturas bajo cero, se internan en el río congelado. Allí, los gruesos planchones de hielo dejan apenas un angosto hilo de agua que usan para lavar la arena en busca de las diminutas piedrecillas de oro.
Rupertino lleva 32 años en esta actividad y si bien hoy, que tiene 62, trabaja en solitario, no siempre fue así. «En el gobierno de Pinochet había un plan aurífero que nos ayudaba. Habíamos más de cien trabajando acá arriba en el río. Nos daban todas las herramientas y había familias enteras en esto. Ahora no tenemos ningún apoyo», dice.
Sólo hay 13 pirquineros registrados en la seremi de Minería de Magallanes, pero no más de cuatro llegan al lecho del río, asegura el buscador.
«La mayoría de la gente está en retirada y en invierno los únicos que estamos viniendo somos nosotros dos», explica, mientras mira a lo lejos a su compañero, a unos 500 metros río arriba.
Al otro lado del Estrecho de Magallanes, en Tierra del Fuego, una decena de hombres también busca oro en forma artesanal en el cordón Baquedano, pero en invierno paran.
Si el tiempo está bueno, Rupertino alarga su jornada hasta las 16 horas. Con su chuzo golpea la capa de hielo para sacar arena y piedras, que luego vierte en una canaleta de madera de 1,50 m de largo y en cuyo extremo tiene pegado un pedazo de alfombra. Sobre ella, una rejilla. Allí el agua va limpiando la arena, y al finalizar la jornada debiera aparecer en la superficie el material con oro que «lava» usando un platillo o challa.
«Esta labor es aventurera. Hay días en que a uno le va bien y otros en que no sale nada. Como está ahora no sale ni medio gramo, pero en tres días de trabajo uno puede reunir un gramo de oro», cuenta Rupertino. Lo que saca lo vende en joyerías de Punta Arenas, donde le pagan entre $15 mil y $17 mil por un gramo.
José Soto, que tiene 25 años de oficio, dice que en un buen mes puede llegar a extraer hasta 30 gramos. «Igual se sufre en esta faena, porque se pasa todo el día solo y el resultado depende de uno», confiesa.
El aluvión de marzo pasado arrastró harto material, asegura José, quien explica que «el oro está escondido, pero el lecho está duro por el hielo».
Y precisamente el aluvión, con la crecida del río, los sacó del anonimato, pues varios los culparon de remover el lecho del cauce. Pero Rupertino sólo se ríe ante tal acusación: «Esto fue obra de la naturaleza, si acá sólo somos dos o tres pelagatos que estamos trabajando».
Fuente / El Mercurio