«Un junker». Así define el socio del grupo naviera Ultramar Sven von Appen a quien fuera su amigo por más de cuarenta años.
Según cuenta, el ingeniero en minas de la Universidad de Chile Johan von Loebenstein Le Royer (1934-2007) era como los nobles alemanes que ponían a disposición del soberano y comandaban sus propias tropas hace más de doscientos años.
«Claro que su nobleza no era de títulos, sino de espíritu, de temple. Johan era una persona que se imponía con un liderazgo sin aspavientos, con una autoridad que emanaba de su caballerosidad, de su conocimiento y de su experiencia».
Las mismas características que lo llevaron a convertirse en el hombre de confianza de familias como los Von Appen y los Luksic. Fue gerente general de la Minera Disputada de Las Condes hasta 1992, cuando pasó a ocupar la gerencia de El Abra y la convirtió en uno de los yacimientos de cobre más grandes de Chile. «Ahí se empezó a llenar de directorios», cuenta su hijo Joerg.
«Era de los que se ensuciaban las manos sin importar qué tan importante era el cargo que ocupaba», cuenta el mismo hijo.
No por nada, hace un par de meses fue el único que se atrevió a subir la grúa del Puerto de Mejillones para ver por qué se había caído.
«Hay que echarles una mano a estos chiquillos», era su frase más común cuando lo llamaban para resolver problemas. «Era un solucionador nato. No andaba opinando por la vida, pero si le pedías asesoría, podías estar seguro de que ibas a recibir el mejor consejo», cuenta Sven von Appen.
No por nada le pidió que le ayudara a estudiar la posibilidad de invertir en yacimientos de carbón en el sur. Según cuenta Von Appen, se encerró cinco días en su departamento en la nieve a estudiar el proyecto.
«Hazlo», le dijo. «Eso no sólo resultó, sino que nos llevó a muchos otros negocios exitosos», dice.
Mismas cualidades que lo llevaron a ganarse la confianza de «don Andrónico» y desarrollar una amistad que -al igual que con los Von Appen- se traspasó a señoras, hijos y nietos y se desarrolló en medio de vacaciones en el sur y viajes al extranjero.
De hecho, «don Jorge» -como lo llamaban quienes trabajaban con él- guardaba en su escritorio una foto en la que aparecía con don Andrónico.
«Cuando él murió siguió manteniendo un lazo muy cercano con Jean Paul y con Gabriela», cuenta su hijo Joerg. Fue precisamente su llegada con las generaciones más jóvenes un factor que lo caracterizó. «Fue un gran armador de equipos», destaca Von Appen.
Pero tanto él como quienes lo conocieron de cerca coinciden en que su mujer, Namur Jacques, y sus dos hijos, Katherina y Joerg, fueron su principal inspiración.
El empresario naviero agrega: «Pocas veces he visto a alguien formar y llevar una familia con la nobleza que lo hizo él. De hecho, un amigo me contó que el día antes de morir lo vio paseando de la mano con Namur».
Fuente / El Mercurio