El relato del chofer que vio el derrumbe por el espejo retrovisor de un camión

El camionero Raúl Villegas bajó ese día por la rampa y vio el desplome de toneladas de roca. El fue el último que logró huir.

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(La Tercera) «Avisa a todos que estoy bien. Dile al Tun Tun Avalos qué pasa con el seguro (…)», decía el críptico mensaje incluido en la carta a su esposa del minero Mario Gómez, el mayor de los 33 que están en el fondo de la tierra.

Opacada por la explícita declaración de amor, pocos tomaron en cuenta la frase. Salvo Alfonso Avalos, padre de Florencio y Renán, dos hermanos que también comparten el infierno de la mina San José, quien se acercó a la carpa de la mujer para saber si eso tenía algo que ver con sus niños. No, le dijeron.

El Tun Tun no estaba abajo, sino arriba. Y no era un minero, sino un señor de baja estatura llamado Edgardo Avalos, dueño de la pequeña flota de camiones Sotramin, que actuaba como subcontratista de la minera San Esteban. Contaba con tres camioneros estrella: el «Tatán», que ese día se quedó pegado en un almuerzo, y los dos «viejos», amigos desde niños y compadres de toda una vida: Mario Gómez y Raúl Villegas.

Todos los santos días, cuenta Villegas, Gómez acostumbraba a llevar la delantera en el retiro del mineral. Pero ese día, sólo ese día, no tenía petróleo en el camión. Por el contrario, Villegas, haciendo lo que nunca hacía, cargó la noche anterior.

Fue, quizá por algo más que una casualidad, que Villegas entró pasado el mediodía hasta el fondo del yacimiento, para luego emprender la vuelta tras cargar. En el trayecto -a la altura del nivel 240- se encontró con Gómez. «Yo iba subiendo y él, bajando a cargar», recuerda.

Conversaron por casi cinco minutos, de ventanilla a ventanilla. Villegas le dijo que había un cargador en panne más arriba, que «los lindos» no se habían molestado en sacarlo, así que había que hacerle el quite. Se despidieron sin gran ceremonia.

En el nivel 500, Villegas se topó con la camioneta conducida por el ex futbolista Franklin Lobos, quien iba a buscar al turno para sacarlo a la superficie para la colación. No había mucho espacio en la curva. Villegas movió su camión para que Lobos retrocediera un poco y su camioneta no patinara. «Algo has aprendido, Pelado», gritó Villegas y partió, entre risas, sin esperar respuesta.

Entonces fue que Villegas forzó la primera marcha de su camión para salvar la última inclinación hacia la superficie y, de pronto, sin ruido ni aviso previo, vio por el espejo retrovisor una enorme nube de polvo saliendo de la boca de la mina San José. Eran las 13.45 del jueves 5 de agosto. «Estaba justo en la bocamina y veo que me viene siguiendo una polvareda. Parecía un volcán en erupción», dice.

«No hubo nada de ruido. Al tiro me imaginé la rampa. Fui y le dije a don Pedro (Simunovic, el gerente de la mina) que la rampa se había ido para abajo. El me dijo que no, que era un cajazo, que se había quebrado el cerro y se habían caído unos planchones. No me creyó nunca», alega.

Cerca de las 17.00 entraron a la mina junto a Simunovic y un supervisor. Los ejecutivos gritaron por la chimenea. No hubo respuesta.

«Avancé en la camioneta varios metros más, hasta la curva en el nivel 365, cuando me di cuenta de que la rampa estaba partida. Ahí recién me creyeron y llamaron a los bomberos», completa Villegas, quien luego renunció a su trabajo y cayó en una larga depresión, de la cual sólo salió el domingo, cuando uno de sus hijos lo llamó para avisarle del contacto, mientras él bajaba de Maricunga.

Villegas no es un tipo expresivo. «Lloré para adentro», dice. Bien sabe que la historia pudo ser distinta.

El seguro del que habla- ba Gómez, precisa, nunca existió.

Fuente / La Tercera

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