El desahogo nocturno en el campamento Esperanza

Lejos de las horas de desvelo, el campamento Esperanza fue anoche una fiesta como pocas.

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( La Tercera) De fondo sonaban Los del Chañar, en vivo, cantando cuecas. «Todos los chilenos aplaudiendo, mierda!», gritaban. Paul Vásquez, El Flaco, apareció para contar chistes. La esperanza, ya no era lo único que quedaba.

Porque lo que estaba ocurriendo era historia. Historia que quedará marcada a sangre y fuego en el año del Bicentenario. Historia que todos los chilenos relacionarán con el lugar en que estaban, con el almuerzo que compartían y con la emoción de haber visto al Presidente Piñera confirmando, mensaje de los mineros en mano, que los 33 estaban vivos.

La desgastante espera de estos 17 días obliga a mezclar los recuerdos en la mente. Por un rincón del campamento se vio la sonrisa de Claudio Acevedo, ex defensor central de Cobresal, cuyo máximo logro deportivo fue un pelotazo que dio en el palo durante un partido con Colo Colo en El Salvador. «Nadie se acuerda porque ese mismo día, Barticciotto hizo un gol de mediacancha», volvió a recordar anoche, entre risas, mientras asaba unas presas de pollo y ya le importaba un cuesco el poco piadoso frío atacameño. Abrazó a su mujer, Marcela, a sabiendas de que su suegro, Omar Reygadas, y su compadre, el también ex futbolista Franklin Lobos, están enteros.

En la esquina más pegada a la carpa principal, los Gómez -las Gómez, mejor dicho- lloraban de felicidad. El baile y el llanto contenido desplazaron la incertidumbre. La carta de su padre minero a su amada esposa lucía para que todos la leyeran.

Más acá, hacia la entrada a la mina, los Segovia, ya famosos por su remake de Illapu (¿Qué hacen aquí esos mineros? ¿Qué hacen aquí tan lejos de su hogar?), alzaron sus voces para saludar a su padre, Víctor, operador de máquinas que también había regresado de la muerte.

Paul Vásquez dejó de contar chistes cerca de la medianoche. Pero las ganas de celebrar tenían larga vida y la alegría estaba lejos de terminar.

Tras largas y tensas noches de angustia, los familiares parecían estar en el más relajado de los asados en los patios de sus casas, una tarde de domingo.

El subsecretario de Minería, Pablo Wagner, saludaba y era saludado por todos. El ministro Laurence Golborne paseaba de carpa en carpa. Comía asado, conversaba, aceptaba un trozo de pollo, se reía, brindaba con una Corona.

Hay quienes dicen que crónicas de esta laya no pueden ir directo al corazón sin escala en el cerebro. Y es cierto. Más que un milagro, es ésta la historia de un sueño. De un país entero que se unió por una gesta inabordable y que, tras semanas de precario equilibrio al borde del quebranto, terminó a último minuto por cubrir ese cheque sin fondos emitido, por todos, a nombre de los mineros de Chile.

Un nuevo villorio

Población flotante

El campamento Esperanza ha mantenido, como promedio, 300 habitantes, principalmente familiares directos de los mineros atrapados por el derrumbe en la mina San José. Los fines de semana, la población ha aumentado sustantivamente.

No se cierra

Las autoridades estudian mantener el campamento, pese al contacto establecido con los trabajadores. No se desarmaría el asentamiento. Al contrario, se estudia la manera de dotarlo de mayores comodidades para quienes deseen seguir permaneciendo en él.

Fuente / La Tercera

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