( La Tercera) Eduardo Guerra (28) fue testigo presencial del momento en que la sonda 10B hizo contacto con la galería ubicada a 668 metros de profundidad, en la mina San José. Este técnico mecánico, experto en maquinarias mineras, era uno de los trabajadores de la empresa Armamit, contratista de la Minera San Esteban Primera.
Desde el tercer día de las faenas de contacto con los mineros atrapados, Eduardo Guerra prestaba su conocimiento en las labores de sumersión de las sondas. Una labor que sólo conocía de frustraciones y ansiedad, hasta ayer. Pese a su optimismo, Guerra confiesa que nunca pensó que el momento llegaría.
«Desde antes habíamos oído ruidos, algunos días eran refuertes, pero nunca imaginamos que esto iba a pasar», señala Guerra, quien no duda en asegurar que ayer fue el día más especial de su vida.
«Me ofrecí a trabajar en lo que fuese. Entonces, como la gente operadora estaba con fuerzas, decidimos armar una cuadrilla junto al sondaje y cerrar un perímetro, regamos, pusimos un toldo, carpas, les dimos café e incluso fuimos mensajeros con la gente del gobierno», cuenta.
«Cuando nos comunicamos y vimos las cartas que mandaron los viejos, la escena fue muy emotiva. Un carabinero corrió y gritó a los que estaban lejos mirando, entre ellos gente de gobierno, gritó que había una carta», añade.
Guerra relata que al momento de recibir el mensaje de los mineros. «El ministro se abrazó con otra persona, el seremi de Minería se arrodilló mirando al cielo y en general todos mis compañeros llorábamos. Hubo algunos que cantaban el himno de Chile, y otros movían la cabeza y aplaudían como si no creyeran lo que pasaba», agrega.
Guerra, además, señala que el ministro Golborne supo temprano de la buena noticia, pero prefirió ser cauto. «Creo que tuvo miedo de lo que pasó la semana pasada. Después de saltar en una pata, nos abrazó a todos. En ese minuto,nadie era más importante que los viejos que están ahí adentro», opina.
«Después, vine aquí y le dije a mi jefe que estaban todos vivos. Cuando la gente que me conoce me vio, me preguntaba lo que pasó y me abrazaban porque yo debo haber traído una cara muy alegre, recién venía secándome las lágrimas», agrega.
La emoción que vivió Guerra fue el primer sentimiento de alivio tras 17 días de trabajo para rescatar a sus compañeros.
Recuerda con dolor el día en que se enteró del accidente. «Yo me había ido a Rancagua, me enteré como a las cuatro de la tarde de ese día cuando me llamó un compañero. Hablé con mi jefe, Pedro Ramírez, y me ofrecí a venir a ayudar. Me dijo que los rescatistas estaban trabajando, hasta que el tercer día me autorizaron a trabajar», cuenta.
Luego, el encargado de la unidad de rescate, André Sougarret, guió su labor y la de sus compañeros. «Nos pidió que ninguna máquina parara, hasta para pasarle el paño o secar el sudor de los operadores estábamos».
Frustración
Guerra trabaja en minas desde hace siete años. Y pese a que hoy celebró el hallazgo de los mineros, también conoce de fracasos.
Fue uno de los operarios que estuvo a cargo de las máquinas que no lograron cumplir la misión el miércoles pasado.
Ese día, tras cumplir un turno de más de 16 horas, asegura, haber oído golpes y, por ello, se enfrentó a operadores de Codelco por no dejar más mineros de San Esteban operar. Terminó llorando. «No podíamos hacer nada y creímos que los esfuerzos eran pocos», dice.
Pese a todo, Guerra no perdió la esperanza. «Todos los días hablaba con los operadores y les contaba historias de mis compañeros atrapados. Trataba de darles ánimo y ofrecía ayuda. A veces cubría a compañeros en el montaje de los tubos, otras veces arreglaba máquinas, nunca dejamos de trabajar», concluye.
Fuente / La Tercera