Al comenzar 2026, muchas empresas de ingeniería y de servicios tecnológicos para la minería anticipábamos un escenario más favorable: mayor estabilidad económica, recuperación de la inversión y una cartera de proyectos capaz de activar nuevamente al ecosistema. La realidad ha sido distinta y mucho más exigente.
Tanto la minería estatal como la privada han contenido al máximo la contratación de ingeniería, investigación y desarrollo, y de servicios especializados. La actividad se ha concentrado principalmente en aquello que no puede esperar: la continuidad operacional y la sostenibilidad de las instalaciones en funcionamiento.
La paradoja es evidente. El precio del cobre y de otros metales ha mostrado una tendencia favorable, mientras el mundo requiere más minerales para la transición energética, la electromovilidad, la digitalización y el desarrollo de nueva infraestructura. Sin embargo, esa oportunidad todavía no se traduce en el dinamismo de inversión que Chile necesita.
Hay factores concretos que ayudan a explicar esta quietud: Codelco atraviesa una transición en su gobierno corporativo y en sus definiciones estratégicas. Mientras sus nuevos liderazgos terminan de configurar prioridades y alternativas de financiamiento, la adjudicación de grandes proyectos se ha ralentizado y los esfuerzos se concentran en las necesidades más urgentes de continuidad operacional y sostenibilidad.
Por su parte, en la minería privada, varios megaproyectos también avanzan con cautela, salvo aquellos ya aprobados o en construcción, como Nueva Centinela y PAO. Entre las razones aparecen la espera por mayor certeza tributaria y la necesidad de contar con procesos ambientales más claros, predecibles y eficientes.
El efecto va mucho más allá de las empresas proveedoras. La producción minera chilena se ha estancado y nuestra posición competitiva se ha debilitado. No olvidemos que según antecedentes de Sonami (en base a Cochilco), en el año 2024, la minería nacional con una producción de 5,3 Millones de Toneladas al año de cobre fino, ha llegado a representar el 26% de la producción mundial (24 Mton) y el 23% de las reservas de mineral de cobre en el mundo.
Así, Chile supo liderar la producción mundial de cobre; recuperar esa capacidad hoy exige decisiones oportunas, proyectos bien preparados y una visión compartida de largo plazo.
La autoridad tiene un papel insustituible: promover la inversión, establecer reglas claras y exigir estándares altos de productividad, seguridad y sostenibilidad. Pero la reactivación no depende de un solo actor. Requiere coordinación efectiva entre el Estado, las compañías mineras, los inversionistas, las comunidades, la academia y los proveedores.
La experiencia de Perú debe interpelarnos. Su minería continúa creciendo y dispone de una cartera relevante de proyectos con posibilidades de desarrollarse durante la próxima década. En lugar de mirar esta comparación como una amenaza, debemos asumirla como una señal de urgencia para acelerar nuestra propia agenda, aprender y competir mejor.
Quienes participamos en el desarrollo de proyectos de la industria vemos una causa transversal: falta de dinamismo en el ecosistema. La respuesta, por tanto, también debe ser sistémica. Necesitamos reducir incertidumbres, mejorar la coordinación temprana, fortalecer las capacidades técnicas y financieras, y hacer que las buenas iniciativas avancen con rigor y oportunidad.
Las grandes inversiones nacen de estudios confiables, realizados por equipos altamente competentes y seleccionados por el valor que aportan, no solo por su menor precio. Luego, requieren decisiones ágiles, ejecución de excelencia, respaldo financiero, participación temprana de las comunidades, y un Estado que facilite, coordine y fiscalice con eficacia.
La demanda mundial de cobre no esperará a que Chile resuelva sus nudos. Si actuamos de manera aislada, seguiremos administrando la quietud. Si construimos acuerdos concretos —con plazos, responsables y métricas— podremos convertir nuestra experiencia minera en una nueva etapa de inversión, innovación y crecimiento sostenible.
Es tiempo de volver a poner los proyectos en movimiento. No se trata de rebajar estándares ni de apresurar decisiones sin fundamento, sino de elevar la calidad de la colaboración y dar velocidad a aquello que está bien diseñado. Chile tiene talento, conocimiento, institucionalidad y recursos. Lo que necesitamos, ahora, es confianza para decidir y voluntad para ejecutar.
El desafío es común y también lo es la oportunidad: sacar a nuestra industria de esta quietud y hacerla despegar al ritmo que el país y la demanda mundial nos exigen.