Chile ha avanzado de manera extraordinaria en la transformación de su matriz energética. La incorporación masiva de energías renovables ha permitido reducir emisiones, atraer inversión y posicionar al país como un referente internacional en transición energética.
Sin embargo, la experiencia reciente en el país y otros sistemas eléctricos del mundo invita a ampliar la conversación. La transición energética no puede medirse solo por la cantidad de energías renovables incorporadas o por las emisiones evitadas. También debe evaluarse por su capacidad de entregar energía segura, confiable y competitiva en todo momento.
Quizás ha llegado el momento de avanzar hacia una visión más completa: una transición energética segura y competitiva.
Tan importante como generar energía limpia es asegurar que la electricidad esté disponible cuando los hogares, los hospitales, las ciudades, la minería, la industria y los servicios la necesitan. Una matriz moderna no solo debe ser sostenible; también debe ser resiliente frente a eventos climáticos, contingencias operacionales, tensiones geopolíticas y cambios tecnológicos.
El sistema eléctrico chileno vive una transformación profunda. El retiro progresivo del carbón, la creciente participación de energías renovables variables y el desarrollo del almacenamiento están modificando la forma en que se abastece la demanda y se mantiene la estabilidad de la red. Este proceso es necesario y positivo, pero también aumenta el valor de atributos que muchas veces se daban por descontados: flexibilidad, capacidad de respuesta rápida, respaldo operativo y resiliencia.
A medida que los sistemas evolucionan, el desafío también consiste en gestionar la incertidumbre. La pregunta ya no es si ocurrirán eventos disruptivos, sino cuán preparados estaremos para enfrentarlos. En ese contexto, fortalecer la transmisión y diversificar tecnologías, fuentes e infraestructuras resulta fundamental.
El gas natural sigue desempeñando un rol relevante dentro de una matriz cada vez más renovable. Su principal aporte ya no radica necesariamente en la energía que entrega, sino en su capacidad de proporcionar flexibilidad, respaldo y respuesta rápida cuando el sistema lo requiere.
La experiencia internacional demuestra que las transiciones más exitosas son aquellas que aprovechan la complementariedad entre distintas tecnologías para alcanzar simultáneamente objetivos ambientales y de seguridad energética. Chile cuenta con infraestructura gasífera robusta que puede seguir aportando competitividad y confiabilidad al sistema.
Diversas economías han adaptado sus marcos regulatorios para reconocer explícitamente el valor de atributos asociados a seguridad de suministro y estabilidad. Reino Unido, Australia, Estados Unidos y varios países europeos han incorporado mecanismos para resguardar capacidades estratégicas cuya importancia excede el simple suministro de energía en los mercados diarios.
La razón es simple: los mercados eléctricos fueron diseñados históricamente para valorar energía. Los sistemas del futuro deberán valorar además flexibilidad, resiliencia, capacidad de respuesta y seguridad operativa. El aseguramiento de toda la cadena energética será cada vez más relevante.
La experiencia internacional también deja una lección importante. Diversos países que avanzaron aceleradamente en descarbonización debieron introducir ajustes para reforzar su seguridad energética. Las disrupciones observadas en Europa tras la crisis de 2022 demostraron que la seguridad de suministro no es una consecuencia automática de la transición energética; debe ser una consideración explícita de su diseño.
Chile tiene hoy la oportunidad de anticiparse. Cuenta con recursos renovables excepcionales, infraestructura robusta e instituciones sólidas. Precisamente por ello, puede construir una transición que incorpore tempranamente las lecciones aprendidas en otros mercados.
Porque la transición energética del futuro exigirá mucho más que nueva generación renovable. Exigirá sistemas capaces de integrar tecnologías diversas, reducir emisiones y garantizar seguridad de suministro en cualquier circunstancia. Ese equilibrio entre sostenibilidad, competitividad y resiliencia será la verdadera medida del éxito de nuestra transición.