Los recursos minerales son la columna vertebral de las civilizaciones y las sociedades modernas. Hace tres siglos, los molinos de viento se construían principalmente con materiales que contenían tres elementos químicos esenciales: carbono, calcio y hierro. Hace poco más de cien años, el motor de combustión interna requería al menos veinte elementos, entre ellos cobre, aluminio y zinc. Hoy, no menos de 70 elementos de la tabla periódica se encuentran en turbinas eólicas, vehículos eléctricos y teléfonos inteligentes.
Muchos de estos elementos son imprescindibles para el desarrollo de tecnologías estratégicas y bajas en carbono, y se extraen directamente del subsuelo mediante la minería. Algunos de los principales elementos vinculados a estas tecnologías—llamados en forma genérica minerales críticos—  son el cobre, el níquel, el cobalto, las tierras raras y el litio, y enfrentan hoy restricciones de suministro que se agudizarán en el futuro.
El cobre es clave dado su papel esencial en la electrificación. Al año 2050 se requerirá producir más de 50 millones de toneladas de cobre anuales, una meta difícil de alcanzar por el agotamiento de minas en operación, los altos costos y retrasos en exploración y las crecientes barreras ambientales y sociales. Para 2040, la demanda de níquel superará la producción estimada, mientras que el cobalto, al ser subproducto de otros procesos mineros, no puede incrementarse significativamente en función de la demanda. En el caso de las tierras raras, persisten riesgos de suministro por su escasez y la dependencia de China, mientras que el litio ofrece perspectivas favorables, aunque con alta volatilidad y posibles sustitutos tecnológicos.
En Chile, donde poseemos parte significativa de las reservas mundiales de cobre y litio, tenemos la responsabilidad —y la oportunidad— de liderar esta transformación, no sólo mediante la explotación de nuevos yacimientos, sino también generando conocimiento, innovación y tecnología que impulsen la transición energética. Es crucial avanzar en el desarrollo de nuevas minas, pero existe un retraso significativo debido a los largos procesos de obtención de permisos y al tiempo requerido para construir la infraestructura de producción necesaria. Todos estos aspectos impactan no sólo la competitividad de nuestra industria, sino también el progreso hacia una transición energética efectiva.
Superar estos desafíos requerirá fortalecer las alianzas entre el sector público, la industria y la academia, junto con una mayor inversión en ciencia, tecnología, conocimiento e innovación (CTCI).
No hay varitas mágicas: sin inversión en CTCI, será muy difícil generar las capacidades humanas, la infraestructura y las soluciones necesarias para enfrentar estos desafíos. Apostar hoy de manera decidida por nuestros minerales críticos es la única manera de garantizar que no se limiten a ser herencia de un pasado minero, sino que constituyan la base de un futuro sostenible.