Cobre verde, una marca país con énfasis en competitividad

Partamos por buscar una definición de cobre verde, término que quizás suena muy ambicioso, más aún cuando este concepto se inserta en una industria extractiva que, quiera o no, causa impactos indiscutibles al medio ambiente.

Cobre verde vendría a ser una forma de hacer minería, disminuyendo considerablemente los impactos que han caracterizado al sector a nivel internacional, relacionados principalmente con el uso intensivo de energía y sus emisiones; fijando una línea base móvil con metas claras en tiempo, emisiones a disminuir y la manera de alcanzar dichas metas, incluyendo relacionamiento con stakeholders internos y externos.

En este sentido, ya se han visto avances en el sector. La incorporación del concepto de cobre verde es un paso más que permitirá ordenar y estandarizar el trabajo que se viene realizando, con el fin de contar con un producto comparativamente menor en emisiones de CO2 e impacto ambiental local, que fomenta el uso de tecnologías eficientes y amigables con el entorno y que también considera aspectos de impacto comunitario y territorial, inclusión, derechos humanos y ética. Todo bajo la premisa de incrementar la productividad y competitividad de la industria, abriendo nuevos mercados y generando de esta manera una marca país de cobre verde.

Un punto inicial para alcanzar esta aspiración desde el punto de vista del uso eficiente de los recursos, es determinar aquellos posibles de disminuir o eliminar a corto, mediano y largo plazo. Como parte del diagnóstico y línea base es necesario generar el Análisis de Ciclo de Vida del Cobre de cada compañía, junto con sus huellas de carbono y del agua, insumos claves para el desarrollo de un plan que permita materializar el concepto de cobre verde en su primera etapa.

Varias compañías tienen ya alguno de estos análisis desarrollados. ¿Dónde está la diferencia entonces? Está en transformar un informe de varias páginas en un plan de acción concreto. El riesgo de no abordar esto de manera adecuada es que el esfuerzo sea percibido como una estrategia de marketing o de green wash de las compañías, perdiendo toda validez.

Avanzar hacia una estrategia de cobre verde que efectivamente permita incrementar la productividad y competitividad es tan factible como el despegue que tuvieron las ERNC en Chile en sólo cinco años, cuando éramos unos pocos los que empujábamos estos temas, existiendo más oposiciones que respaldo.

Cochilco, en su último informe de febrero de 2018, indica que en los próximos diez años el sector requerirá un 38% más de energía, atribuido principalmente a mayor producción de concentrado e impulsión de agua de mar. ¿Qué pasa si esa energía adicional es 100% renovable? Voces dirán que el sistema podría tener inconvenientes por variabilidad de las ERNC, pero perfectamente se podría mantener el sistema de generación base actual para estabilizar el sistema, esperando que las tecnologías de almacenamiento de gran escala maduren en los próximos años.

Está claro que este cambio debe partir desde la alta dirección de las compañías, para lograr transformaciones reales que permitan a mediano plazo decir que el cobre de Chile es visto como cobre verde. Lo que debemos resguardar es el objetivo último que buscamos: mayor productividad y competitividad del sector minero de la mano con este nuevo concepto.