Chile, país minero

Nuestra magnífica historia minera carece de la adecuada tarjeta de presentación y de la atención que merecen su aporte, cultura y tradición.

Chile se autopresenta como un país minero. Recorriendo su historia, la premisa parece verdadera. Es conocida una metalurgia precolombina; fue el oro la razón que impulsó a los españoles a aventurarse en estos rincones del mundo; la plata y el salitre financiaron las revoluciones de 1851, 1859 y 1891; la Guerra de 1879, la más importante de Sudamérica, buscó el dominio del salitre; el auge económico y muchas obras principales realizadas en Chile han tenido su base en sus recursos minerales.

Movimientos sociales trascendentales tuvieron como escenarios la Escuela Santa María y la ex Oficina San Gregorio. Nuestro folklore y lenguaje muestran formas y palabras creadas por los mineros. El norte de Chile se incluye en una anomalía planetaria de recursos minerales y tanto en el ayer como en el hoy, su industrialización es nuestra principal actividad económica.

Ahora bien, la palabra “Minería” tiene sus raíces en “Minerales”. En Chile es el caliche blanco o el negro, los rosicleres de plata, el azul del lapislázuli, el “bronce amarillo” de la calcopirita, el “plateado” de la calcosina, el “pecho de paloma” de la bornita o los verdes, azules, rojos y amarillos de los “minerales de color” del cobre. Con ellos comienza la industria minera, son su base, y entonces surgen las preguntas: ¿dónde se pueden conocer estos minerales?, ¿dónde pueden los niños iniciar su conocimiento de la minería de Chile?, ¿dónde está nuestro importante y único patrimonio mineral? Con seguridad en museos de Europa y Norteamérica, donde está el Hombre de Cobre de Chuquicamata, aunque también en algunas iniciativas excepcionales u otras nacidas de tradiciones en el país. Por ejemplo, en el magnífico museo de Minera Carola en Tierra Amarilla o el espléndido complejo de museos de Santa Cruz. En lo tradicional, en las colecciones de las ex Escuelas de Minas de La Serena, Copiapó o Antofagasta.

Sin embargo, debemos reconocer que hemos sido descuidados, negligentes y desaprensivos en el tema de este patrimonio. Nuestra magnífica historia minera carece de la adecuada tarjeta de presentación y de la atención que merecen su aporte, cultura y tradición.

Cuando se quiere crecer no es adecuado partir con comparaciones, pero sí sacar enseñanzas de quienes nos superan. En este marco, dos ejemplos, de muchos, son válidos:

  • La Smithsonian Institution en Washington guarda, en sus colecciones, las muestras de minerales, rocas, mapas, perfiles, descripción de sondajes e informes de minas principales en Estados Unidos. Con este material su historia puede ser reconstruida, a veces en todos sus detalles.
  • Freiberg es una pequeña ciudad alemana, la “ciudad de la plata” por sus ricos yacimientos explotados desde la Edad Media. Allí se creó el primer Instituto de Mineralogía del mundo (1765) y hoy varias de sus minas son museos. Su Technische Universität Bergakademie Freiberg posee una magnífica mina escuela, un gran museo mineralógico para la enseñanza, un edificio con el archivo minero más antiguo del mundo, además del Museo de los Minerales de Alemania. Se suma, como corolario a todos estos tesoros, un castillo con el Museo de los Minerales del Mundo, una colección de categoría única. Todo, producto de la iniciativa ciudadana, apoyo de autoridades y aporte de empresas. Alemania no es un “país minero”… es un país desarrollado.

En Antofagasta, “Capital de la Minería Chilena”, se destruyen y caen a pedazos casas y espacios creados por la minería que, perfectamente, podrían albergar iniciativas similares que nos harían mirar, con un poco más de dignidad, nuestra historia.