(El Mercurio) Los días en que le toca subir a la mina El Teniente, a 2 mil 500 metros de altura, Ricardo Soto (17) se despierta a las cinco de la mañana. A esa hora, cuando su familia aún duerme, Ricardo se prepara para tomar un bus, recoger los elementos de seguridad y dirigirse al yacimiento de cobre subterráneo más grande del mundo. «Soy un trabajador más», dice.
Pero lo cierto es que su figura llama la atención en Codelco: a diferencia de gran parte de los empleados de la mina, él todavía no sale de cuarto medio, no ha alcanzado la mayoría de edad, y aún vive bajo las reglas de sus padres.
Ricardo, estudiante del liceo Ernesto Pinto Lagarrigue de Rancagua, es parte de los 26 mil alumnos en Chile que estudian en uno de los 230 colegios con educación dual en el país. El concepto, que alude a alumnos formándose en especialidades técnicas, fomenta que los estudiantes dividan su semana entre la sala de clases y empresas especializadas en los servicios que los liceos ofrecen.
A diferencia de muchos liceos técnico-profesionales, desde un principio existe un contrato que liga a cada alumno con una empresa específica. Allí comienzan a trabajar desde 3° medio, recibiendo una remuneración a cambio de sus servicios y siendo evaluados por empleados tutores distintos a sus profesores del colegio; cada compañía los asigna.
Experiencia alemana
«La palabra dual corresponde a dos lugares de aprendizaje. Uno está en las escuelas de educación media técnico-profesional y el otro en las empresas, poniéndose mucho énfasis en este último», explica Diana Cáceres-Reebs, experta de cooperación internacional del Instituto Federal Alemán de Formación Profesional (BIBB), país a la vanguardia del sistema.
Tras una serie de intercambios impulsados desde el año pasado por la embajada de Chile en Berlín, el BIBB y el Ministerio de Educación de Chile, a través de su Secretaría Ejecutiva de Educación Técnico-Profesional, desarrollaron a principios de este mes el seminario «Marco Normativo de la Formación Dual y Procesos de examinación de competencias». Aquí se dio a conocer la experiencia del Instituto Federal Alemán de Formación Profesional, así como las claves que hacen al país europeo un referente en educación dual (una formación «con más de 100 años de tradición, que comenzó con los artesanos en la época medieval», acota).
Dejando en claro que cada país debe adaptar el sistema a sus propias costumbres, Cáceres-Reebs se aventuró a aconsejar hacia dónde debe apuntar Chile. «La formación profesional técnica no sólo es una responsabilidad del sector educativo: es un tema del sector económico, financiero y del mercado laboral. Hay que hacer un cambio en la conciencia de la sociedad que conduzca la formación a una responsabilidad de las empresas como agentes coformadores, que complementan a las escuelas», indica.
«Por un lado, el mundo empresarial necesita creerse más el cuento, involucrarse y participar. Por el otro, es necesario que el sistema educativo sepa entregarle más participación. Existen comités de educación dual en los liceos donde las empresas ni siquiera participan», cuenta Alejandro Weinstein, secretario ejecutivo de Educación Técnica del Ministerio de Educación.
Una vez terminado el nivel Secundario I, a los 15 o 16 años, más del 60% de los estudiantes alemanes optan por una formación profesional. Incluso cuando terminan el nivel Secundario II (bachillerato), muchos escogen una de las 344 profesiones inscritas en el sistema dual del país. Aspirantes a vendedores, secretarios de oficina o asistentes bancarios se acercan directamente a las empresas a preguntar por puestos de formación. En caso de existir cupos, el alumno pasa por un proceso de selección, y de ser aceptado, recién ahí comienza su búsqueda de un centro educacional.
«Una vez que tienen el puesto en la empresa, buscan una escuela vocacional (generalmente cerca del lugar donde viven) y se matriculan», explica Cáceres-Reebs.
Encontrar una empresa no es complicado, ya que las compañías están conscientes de la inversión que significa formar a los jóvenes. «Las empresas privadas invierten en la formación profesional de manera voluntaria, porque saben que tienen una garantía si están formando a su futuro personal», dice la experta.
A los empleados que acceden a ser instructores de las empresas se les reasigna su horario de trabajo. «Cuando un trabajador se hace instructor, queda claro que va a estar a cargo de sus aprendices, por lo que se les combinan sus horas de trabajo y de instructor». Salvo el reconocimiento de sus pares, no existe una compensación extra.
«Es importante que los profesores enseñen a comportarse, a desenvolverse y a cumplir normas de seguridad. Con esto se aseguran que un alumno vaya a una empresa, reciba instrucciones y entienda lo que le dicen», indica Rosana Sprovera, de la Corporación de Educación de la Cámara de la Construcción, que patrocina a ocho colegios duales.
En Chile, el aprendizaje doble supone una evaluación distinta para cada lugar: los instructores asignan puntaje al desempeño del alumno en el trabajo, mientras que los profesores lo hacen en las clases teóricas.
Fuente / El Mercurio