(La Tercera) Tras cinco días de instalado, a la espera de noticias sobre las labores de rescate de los 33 mineros atrapados, el campamento de la mina San José, hoy habitado por unas 300 personas entre familiares directos, indirectos, personal de gobierno y periodistas, se ha convertido en un curioso experimento social que comienza a mostrar sus primeras y atribuladas grietas.
El vocero de los familiares, Rodrigo Jofré, es acusado de querer figurar. «Esto no es el jet set; es la vida y la muerte», lo criticó Juan Contreras, tío del minero Carlos Barrios, quien no piensa mover su camión Freightliner hasta que los dados terminen de rodar.
La decisión de comprometer todos los recursos y la alta cantidad de donaciones privadas han creado una economía falsa, donde la mayoría de los bienes son ilimitados. Pañales, leche, galletas, comida y lo que se necesite, se dispensa sin cuestión. Ayer, un camión entregaba mote con huesillos libre de cargos.
La religión en el desierto también es particular. Postales de una fe conmovedora, cercanas a la epifanía más perfecta, chocan con aquellos que prefieren la sobriedad de una oración solitaria a la masividad de una misa como la de ayer.
El obispo Gaspar Quintana es acusado por algunos -entre dientes- de politizar el aire con su discurso antiempresas. Una imagen de San Lorenzo, con casco minero, es honrada con velas que parecieran no terminar de arder. La regla es clara: se cree, pero con condiciones.
Pero hay ciertas cosas que nunca debiesen ser narradas, por la sencilla razón de que duelen más de la cuenta. Y una de ellas es el resquebrajamiento moral, la «tragedia larga» de que hablan los expertos. El desierto envejece y aja la piel, pero su verdadera maldad consiste en envilecer. «Anoche se robaron unas colchonetas y frazadas.
¿Qué está pasando?», se preguntaba el tío de dos de los atrapados en la mina. Agregó que las autoridades comenzaron a pedir el carnet de identidad antes de entregar los bienes.
El desierto duele, tanto como puede doler el ver retazos de mezquindad infiltrando uno por uno a quienes están muy cerca de perderlo todo. La desgracia ajena será siempre respetable, pero el maldito desierto, ya al quinto día, revela las costuras en la congoja de cualquiera.
«Hay gente pidiendo duchas, pidiendo que les paguen las quincenas que están dejando de ganar en Copiapó… El día que dejen de darnos todo lo que pidamos, quedaremos muy pocos por acá», se quejó, con inflamable rabia, el camionero Contreras.
Antenas repetidoras
A diferencia de la media docena que se paseó el domingo, ayer fueron tres los buitres que sobrevolaron el campamento. Pudieron ver tres casas rodantes y 16 carpas de familiares, cinco de prensa, dos cerros de leña acopiada, una tienda de la CUT, un letrero del sindicato de trabajadores Carola, cuatro banderas de Chile, tres animitas, un hospital de campaña, una ambulancia del Samu, otra de la Asociación Chilena de Seguridad y seis baños químicos, tres de ellos de color naranja y tres celestes.
Y evitaron chocar con las antenas repetidoras que dos empresas telefónicas ya instalaron en el lugar.
El registro del voluntario de la ONG Salvataje, Asistencia y Rescate, Nelson Arce, promedia 40 atenciones diarias, en su mayoría a señoras víctimas de crisis hipertensivas, ataque de pánico, depresión y fuertes dolores de cabeza.
Tres refrigeradores de supermercado, tres termos con agua caliente y numeroso personal municipal atiende en la carpa principal, donde se da preferencia para la colación a mujeres y niños. Ayer el menú fue tallarines con salsa y salchichas picadas.
Después del almuerzo y en la carpa inmediata, más pequeña, cinco niños -hijos o parientes de los 33 trabajadores- jugaban a ser mineros.
El desconsolado llanto del mayor Berger
Fue, por lejos, la escena más conmovedora de la masiva misa que se celebró ayer por el Día del Minero en el campamento. Los pocos que vieron el llanto del mayor Ricardo Berger, comisario de Copiapó, dieron fe de ello. Incapaz de postergar sus emociones, Berger se escondió detrás de un camión para dejar escapar su dolor. El familiar de un minero lo abrazó y un fotógrafo le acercó un vaso de agua. «Es inevitable quebrarse ante tanto dolor, uno tiene su corazón también. No pude contenerme», dijo Berger.
Fuente / La Tercera