(El Mercurio) El alto nivel de precios que ha tenido y mantenido el cobre -cuya alza comenzó hace una década-, que ha beneficiado al país en términos de inversión, exportaciones y recaudación fiscal, ha tenido como contrapartida un paulatino aumento de los costos de producción. Aunque menor que las alzas de precio en términos absolutos, este incremento resultaría muy preocupante si continuara produciéndose en el futuro, en un escenario de valores de ese metal que se avizora más débil que el actual.
Eso configura un cuadro que obliga a revisar con más cuidado las inversiones que se realicen de aquí en adelante, y a controlar de manera más eficaz los costos de producción con que se opera en la actualidad. En efecto, a pesar de que el precio se ha encumbrado desde unos 120 centavos de dólar por libra de cobre en 2002 a promedios de alrededor de 360 centavos de dólar el año pasado -es decir, se ha triplicado en 10 años en términos nominales-, los costos de producción promedio en Chile han pasado de 64 a 187 centavos por libra de cobre, por lo que también se han triplicado, aunque si se calculan en términos reales, sólo se han duplicado.
El aumento de costos está asociado al incremento de las remuneraciones reales, al alza del precio de la energía, a la paulatina menor ley del mineral, a la permanente mayor estrictez de los estándares ambientales y de seguridad con que operan las minas y, también, al esfuerzo de las empresas por aprovechar la bonanza de precios, que las ha llevado a destinar mayor esfuerzo a aumentar la producción que a controlar costos.
El aumento de precios se vincula al acelerado crecimiento de las grandes economías emergentes, particularmente la china, cuya demanda por infraestructura (y, en consecuencia, por cobre) ha sostenido los precios en los altos niveles observados. Con todo, los márgenes obtenidos por las empresas productoras de cobre en Chile en este período han sido extraordinarios, y el país ha recibido grandes beneficios por vía de impuestos y royalty , además de la actividad que el trabajo de las minas genera en otras compañías, en salarios y en consumo.
El panorama futuro, sin embargo, puede ser distinto. La mayoría de los expertos piensa que el precio del cobre podría caer en los próximos años, pero no de manera radical, pues probablemente se mantendría en torno a los 300 centavos de dólar por libra, lo que preserva márgenes atractivos para la industria.
Sin embargo, los costos de producción continuarán aumentando, por una combinación de factores: los salarios reales seguirán subiendo, así como las dificultades para conseguir trabajadores especializados; las leyes de mineral continuarán bajando y la dureza de la roca donde aquél se encuentra, en niveles más profundos, aumentará, incidiendo negativamente en los costos; los de energía no bajarán -el caso de Castilla se transforma en emblemático para lo que ocurra con el cobre en el futuro-, y el agua deberá ser llevada desde el mar -desalinizada o no- hasta 3.500 metros de altura, con costos energéticos crecientes en el tiempo.
A eso se suman las amenazas de cambios en las jornadas de trabajo y otras regulaciones laborales, impulsadas por un entusiasmo legislativo mal orientado, todo lo cual abre dudas respecto de algunas de las ya anunciadas inversiones en nuevas minas.
El gran momento que vive la economía nacional tiene una importante dependencia de la industria extractiva de cobre. La permanencia de ese ciclo depende no sólo de variables exógenas, sino también de lo que hagan las compañías y -no menos importante- de lo que haga el Gobierno en los temas institucionales.
Fuente / El Mercurio