Familias se movilizan de distintos puntos del país para llegar a la mina

En muchos casos dejaron abandonadas sus casas y hasta sus trabajos para esperar en terreno el desenlace del rescate.

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(El Mercurio) Día a día, la tragedia moviliza a familiares de los mineros desde distintos puntos del país. La mayoría dejó sus casas y hasta sus trabajos para estar cerca de sus seres queridos y monitorear en terreno las labores de rescate.

Darío Segovia, un joven de 21 años, viajó desde San Felipe junto a su hermano mellizo, Cristián, para obtener noticias de su padre, a quien no ven desde hace 10 años tras la separación matrimonial.

El progenitor, de 48 años, quien también se llama Darío, trabaja como ayudante de perforador desde hace cinco meses. «Tengo la esperanza de que puedan llegar con las sondas y lo encuentren vivo. Sería increíble poder reencontrarme con él de esta forma», dijo Darío; mientras, Cristián agrega: «Mi papá es viejo y tiene experiencia en las minas.

Espero que se pueda convertir en un cabecilla y ayudar a todos los mineros más jóvenes que están adentro».
Desde Chiloé, Claudio Sepúlveda viajó un día entero por tierra para conocer la suerte de su hermano Mario.

«Me enteré el viernes de que mi hermano estaba atrapado en una mina, y sin pensarlo, dejé botado mi trabajo y me subí al primer bus que encontré. Sin conocer Copiapó, llegué a la Plaza de Armas y empecé a preguntar en la calle cómo podía llegar a la mina, hasta que desde la municipalidad me llevaron», cuenta.

Con pasajes regalados por la Municipalidad de Rancagua, Ruth Guzmán y sus cuatro hijos lograron llegar hasta Copiapó para saber qué pasa con su esposo. Samuel Ávalos (43) ingresó en marzo de este año a trabajar en las tareas de fortificación en la mina San José, para obtener mejores ingresos para su familia. Antes era vendedor ambulante, por lo que su cuñado hizo gestiones con el objetivo de que pudiera comenzar a trabajar en el norte, con un sueldo de 350 mil pesos.

Según el relato de Ruth, su marido alcanzó a contarle que «las medidas de seguridad en el interior de la mina eran muy básicas: unos simples bototos, un casco y un overol». Y que para que se alimentaran abajo, les pasaban una bebida o un jugo y dos paquetes de galletas.

Además, comentó que «el refugio, donde se espera que estén los 33 mineros, es un espacio para unas 15 personas donde tenían alimentación y agua para dos días, pero nada más, y oxígeno».

Pese a la angustia, todos rezan en grupos, de acuerdo a sus convicciones religiosas, pidiendo un milagro.
‘Mi papá es viejo y tiene experiencia en minas, espero que se pueda convertir en un cabecilla y ayudar a todos los mineros más jóvenes».

Cristián Segovia , hijo de un minero

‘Me enteré el viernes de que estaba atrapado en una mina, y sin pensarlo, dejé botado mi trabajo y me subí al primer bus que encontré».

Claudio Sepúlveda, hermano de un minero

Esperanza

Independientemente de sus creencias religiosas, oran en grupos por un milagro.

Fuente / El Mercurio

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