(El Mercurio) Algunos expertos ya creen que la economía chilena está presentando síntomas del denominado «mal holandés» o «enfermedad holandesa». Otros, lisa y llanamente, aseguran que el síndrome ya está presente en la esencia de la actividad nacional.
Pero, a pesar de los matices de sus opiniones, existe un consenso en que hay que generar estrategias de corto y largo plazo para contrarrestarla.
Lo cierto es que esta «enfermedad» es una amenaza. Su nombre nació para identificar las consecuencias negativas que sufre un país cuando experimenta un crecimiento inesperado en sus ingresos en divisas, el cual está asociado a un boom del precio de las materias primas. Holanda, en la década de los 60 lo vivió con el gas.
Y Chile, con un alto valor del cobre desde 2006, se ha beneficiado de un gran canal de ingresos para la economía, aunque con ciertos efectos derivados que comienzan a generar debate. Uno de ellos es un tipo de cambio más débil, que ha mermado el desempeño de las exportaciones no mineras al hacerlas menos competitivas.
Lo anterior explicaría, por ejemplo, el crecimiento de 1% anualizado que experimentaron los envíos nacionales en el primer semestre de este año, frente al aumento de 8,2% de las importaciones. Todo en momentos en que el dólar tenía un promedio cercano a los $470, con el peso chileno entre las monedas más apreciadas del mundo.
Diagnóstico
Para el economista y ex superintendente de Valores y Seguros Guillermo Larraín, Chile definitivamente está sufriendo el «mal holandés». «Ello ha provocado menor competitividad en sectores como la industria, que ante ese antecedente tenderá a concentrarse. Ningún país que haya dado un salto al desarrollo lo ha hecho con menos industria», indicó.
El economista jefe del BBVA, Jorge Selaive, dice que la economía local está atravesando el síndrome desde la crisis subprime. Aunque cree que sus efectos se están comenzando a mitigar. «Aunque si no es el tipo de cambio, los sectores exportadores no mineros también se ven perjudicado por un aumento en los costos de producción, con un mercado laboral estrecho, mayores salarios y costos energéticos», añadió.
José Ramón Valente, socio de Econsult, también ve los efectos colaterales de los mayores ingresos del cobre, que se ha complementado con la baja utilización de esos recursos en inversión de infraestructura u obras eléctricas. El menor crecimiento de las exportaciones y la dependencia a la minería del cobre también son un claro signo del «mal holandés», según Hernán Frigolett, gerente general de Aserta.
El académico de la U. de Chile Joseph Ramos lo comparte. «En los últimos años este crecimiento (en las exportaciones) ha sido del orden de 3%, y el año pasado, 2012, fue de 1%», comparó.
Sin embargo, para el economista Alejandro Micco, decir que el aumento en el flujo de divisas en una enfermedad «es otra cosa». «El boom del cobre puede ser una bendición ya que nos podría permitir dar el salto al desarrollo si se aprovechan bien esos recursos», apuntó
Francisco Klapp, investigador del programa económico de Libertad y Desarrollo, cree que es muy prematuro diagnosticar la enfermedad. «Las exportaciones no cobre también se han debilitado por el débil clima económico mundial», dijo.
Reformas a futuro
Los expertos coinciden en que Chile debe combatir la amenaza de este síndrome a través de la innovación y el mejoramiento del capital humano.
Guillermo Larraín, que prepara un libro sobre el tema, explicó que se deben resolver también el problema de los costos eléctricos en el país y retomar el desarrollo de «clusters» (aglomeración productiva), para promover actividades adicionales -como servicios- en sectores que generan más ingresos en Chile.
«Ello debe ir acompañado de una política monetaria que, mantenga el tipo de cambio real alto de manera sostenida», dijo.
Fuente / El Mercurio