(El Mercurio) El ministro de Salud, Jaime Mañalich, partió rumbo a Copiapó pocas horas después de que se supiera que los 33 mineros estaban con vida para hacerse cargo de su estado de salud. Cuando iba en el avión, tomó una libreta y comenzó a pensar a qué se parecía esta extrema situación. ¿A una huelga de hambre, a los tripulantes de un submarino, a los astronautas de una misión espacial? Repasó cada una de estas posibilidades y las anotó. Apenas bajó del avión decidió contactarse directamente con la Armada, y pidió además una comunicación telefónica con los cuarteles de la Nasa. No quería intermediarios.
A quienes han trabajado con él no les extraña el procedimiento.
Tanto en el ministerio como en la Clínica Las Condes -donde se desempeñó como director médico entre 1995 y 2010- reconocen que una de sus características principales es revisar, «casi obsesivamente» -dicen-, cada aspecto de su trabajo.
Sus técnicas se repiten. Si en la clínica se paseaba todas las mañanas visitando a los pacientes para no perderse los pormenores de su atención, en la mina conversa a diario con los mineros, y especialmente con Yonni Barros, el trabajador que hace las veces de «doctor» bajo tierra.
En el campamento Esperanza supervisa el trabajo de médicos y sicólogos, desde los medicamentos que se les suministran hasta el menú diario. Y para no olvidarse de los detalles, registra todo en una pequeña grabadora portátil que luego entrega a su secretaria.
También mantiene un contacto directo con las familias, pero, según dice un cercano, «prefiere cultivar un perfil muy bajo, y evita hacerlo frente a la prensa, a diferencia de otras autoridades».
En la clínica también mantenía un bajo perfil. Pocos recuerdan haber conversado con él respecto de su familia (es casado y tiene tres hijos). Y de hecho, cuando se fue del centro de salud privado para asumir como ministro, no hubo grandes despedidas ni ceremonias formales.
Quienes lo conocen dicen que otra característica que lo distingue es el enfoque en los resultados. Y su gestión lo avala. En su último quinquenio, las utilidades del establecimiento crecieron a una tasa promedio anual de 16,9%, y en el año 2009, en casi un 70%.
Además, durante su gestión la clínica se convirtió en el primer centro de salud chileno en ser certificado ante la Joint Comission International, máximo certificador mundial en atención médica.
«Creo que en eso es muy parecido al Presidente Piñera. Es acelerado para trabajar, y siempre está pensando en los proyectos que hay que concretar y en las metas que hay que conseguir», dice un médico que recuerda sus enojos cuando las cosas no resultaban tal como él esperaba.
«Es buena persona, pero tiene mal genio y da pudor contrariarlo. No grita, pero se enoja», dice una ex colaboradora que también reconoce que pese a que es «llevado a sus ideas, una vez que algo no resulta, no duda en buscar un plan B».
Jaime Mañalich Muxi es hijo de una sencilla familia de inmigrantes catalanes, y junto al ministro Golborne, son los únicos representantes del gabinete que estudiaron en escuelas públicas. Sus primeros años de estudio fueron en el Colegio República de El Salvador, en Ñuñoa, y más tarde en el Colegio Manuel de Salas. Luego estudió medicina en la Universidad de Chile y se especializó como nefrólogo. Además, hizo un magíster en epidemiología en Canadá.
Fuente / El Mercurio