Papel roneo, stencil y tiza

Decidí volver al papel roneo y las copias de manuscritos con stencil. Mis clases y presentaciones de proyectos las mostraré en un pliego de papelógrafo, cortando papel lustre de colores para formar gráficos de barra o torta. Solicitaré en la facultad una regla de madera para dibujar líneas con tiza, esperando que aún estén las pizarras negras. Así de ridículo suena volver sin más a la presencialidad, luego de la oportunidad forzada de dos años que nos brindó la pandemia, de desarrollar tecnología, habilidad y costumbre del trabajo y educación remota.

El año 2001 en Endesa tomé la que fue la primera capacitación remota en esa innovadora empresa generadora eléctrica. A 2019 ni la técnica ni la costumbre de lo remoto pareció tener un gran avance. Pero de pronto, todos forzados por las cuarentenas impuestas o voluntarias, nos dimos cuenta que era factible, aunque incómodo para muchos. Hay quienes dicen que “los niños no aprenden”, “los alumnos de primeros años de la educación superior están perdidos”, que “se copian en las pruebas”, que en lo laboral “se perdió el contacto humano”. Incluso recuerdo un profesor exigiendo la compra de cámaras webs para fiscalizar las manos y entorno del estudiante, buscando evitar la copia. Es la transición entre lo antiguo, presencial, enquistado en maneras nunca discutidas, con lo nuevo, remoto y para lo que nadie nos capacitó.

Considere la siguiente escena: un profesor universitario en clase presencial, marzo de 2022, ofrece a sus estudiantes todas las clases grabadas de los años 2020 y 2021, a libre disposición en su canal personal de YouTube. Que no tomará asistencia. Que si bien realizará clases en forma presencial, porque así se lo obliga su empleador, en simultáneo las transmitirá en forma remota. Pregunta de prueba: ¿cuántos alumnos quedan en la 3ra clase en la sala? Otra escena. Un trabajador, en abril de 2022, tiene una lesión en su tobillo que le impide caminar o conducir, obteniendo licencia médica por un mes para su tratamiento. Su empleador, que antes le exigía presencialidad, ahora le pide que considere continuar en modo remoto durante ese mes.

Me pregunto, si los dos años de clases remotas, que probablemente fueron grabadas para dar oportunidad a los alumnos a verlas en forma asincrónicas, porque muchos de ellos no disponían de buen acceso a Internet o lugar para atender a la clase, podrían ahora estar disponibles para toda la ciudadanía. Por último, a un precio conocido. ¿Y quién sería el dueño de los derechos de autor?

Otra pregunta incómoda: ¿qué papel jugó la institución educacional en estos dos años, si nada de su infraestructura se pudo utilizar? Aparentemente, solo funcionó como “caja cobradora y pagadora”, como “marca paraguas” y como “monopolio de la certificación”. En realidad, los personajes principales en la educación estos dos años fueron quienes deben serlo: alumnos y profesores, pero aparentemente aún no toman conciencia de ello.

El año 2016 el Ministerio de Hacienda licitó un estudio que demostró que el 50% de las horas laborales de funcionarios públicos corresponden a trámites que son hoy directamente eliminables, digitalizables o automatizables. ¿Si se agrega el trabajo remoto, cuánto podría ser el ahorro?

En la industria minera, la mayoría de los equipos de carguío y transporte, en sus versiones de superficie y subterránea, podrían ser reemplazados por su equivalente autónomo, es decir, sin chofer. ¿Por qué en vez de eso, por ejemplo, en la División El Teniente de Codelco, se operan en forma telecomandada desde Rancagua? Simplemente, por el descalabro sindical que se produciría en el caso contrario.

Un pequeño experimento. En un trabajo en equipo, de 2 a 5 personas, supongamos dos escenarios. En el primero, presencial, las personas se reúnen en la configuración que prefieran: círculo, paralelo, en serie, con una pizarra común para anotar ideas y con la posibilidad de enviarse correos, mensajes de whatsapp, pero no compartir pantalla. En el segundo escenario, el mismo equipo, en la misma sala, tomando unos metros de distancia, usa auriculares y micrófonos, se conecta con su equipo vía Zoom, comparte pantalla y mensajería whatsapp; nada verbal al aire. Preguntas: ¿cuál es más eficiente? o ¿Alguien ha hecho este experimento de manera científica?

Juntando todo, con temas aparentemente inconexos, sobre el teletrabajo, teleeducación, autonomía, inteligencia artificial, digitalización, modernización, resulta evidente que hay que detenerse a meditar en forma profunda sobre ello. En vez de eso, tenemos hoy simplemente un retorno a la presencialidad por motivos administrativos, echando por la borda todo el conocimiento creado estos dos años. Es volver al papel roneo, stencil y tiza, sin siquiera preguntarse o verificar si es mejor.