Por mucho tiempo hemos perseguido como país diversos caminos para dar nuestro salto al desarrollo. No cabe duda de que hoy estamos frente a esa gran oportunidad nuevamente. Los desafíos que enfrenta la minería, producto de la crisis climática y del avance de las tecnologías digitales, son enormes.
En transición energética se avanza hacia una mayor electrificación y uso intensivo de energías renovables, en línea con los compromisos de descarbonización asumidos por el sector. Además de lo anterior, hay necesidad de reducir las emisiones, optimizar el uso de agua y energía y operar yacimientos de menor ley y minerales más complejos, lo que está demandando una transformación profunda en la forma de producir.
Pero esta tensión es también es una tremenda oportunidad. Por primera vez convergen tres fuerzas estructurales que pueden ser los impulsores de la transformación del sector: la creciente demanda global por minerales críticos, el avance de la infraestructura digital en Chile y el salto exponencial que ofrece la inteligencia artificial (IA).
Chile ha construido en la última década una base digital relevante: despliegue de fibra óptica, expansión de 5G, nuevos centros de datos y proyectos de cables submarinos que lo conectarían directamente con los principales mercados del país. Inversiones de actores globales que buscan regiones con energía competitiva, estabilidad institucional y conectividad internacional robusta, han optado por Chile. Por eso la relevancia de que la infraestructura digital comience a consolidarse como un activo nacional estratégico.
La minería chilena enfrenta leyes decrecientes, mayores profundidades y crecientes exigencias ambientales. Para ello, una respuesta sostenible es la productividad inteligente, incorporando más sensores industriales, analítica avanzada (o más bien comprensión sistémica), gemelos digitales y mantenimiento predictivo, entre otras, herramientas que permitirán optimizar procesos en tiempo real, reducir los impactos ambientales y los costos, y mejorar seguridad. Empresas de la gran minería del cobre ya avanzan en automatización y centros de operación remota.
Sin embargo, sabemos que el gran salto no está sólo en usar estas tecnologías, sino en desarrollarlas y convertir la experiencia minera chilena en soluciones exportables. Chile posee un laboratorio natural único: minería a gran escala en condiciones extremas y remotas, cada vez a mayor altura o profundidad. Si se combina esa experiencia con IA, podremos tal vez exportar software industrial, modelos de optimización energética, plataformas de monitoreo ambiental y sistemas de operación autónoma, o hasta incluso, “remotizar” centros de operación de operaciones extranjeras.
Exportar conocimiento y no sólo minería, se ha repetido muchas veces, pero sólo con una estrategia podríamos ampliar la base exportadora del sector, más allá del mineral físico, avanzando hacia servicios tecnológicos especializados. Esto nos llevará a capturar mayor valor agregado y posicionar al país como proveedor de inteligencia aplicada a industrias extractivas.
La transición energética refuerza esta oportunidad. Chile cuenta con abundante energía solar y eólica, que lo convierte en destino atractivo para centros de datos intensivos en energía. Así, energía renovable, estabilidad institucional y conectividad internacional configuran una ventaja comparativa ampliada para industrias inteligentes y servicios digitales verdes.
Sin embargo, las ventanas tecnológicas no permanecen abiertas indefinidamente para quienes pretendan liderar. La IA por su parte genera efectos acumulativos: los países que desarrollan capacidades propias consolidan talento, inversión y ecosistemas de innovación, por lo mismo, no podemos seguir siendo consumidores de tecnologías, tenemos la oportunidad de avanzar en soluciones para industrias complejas.
Exportar minerales ha sido la base de nuestra prosperidad. Exportar minerales e inteligencia podría ser una buena oportunidad para impulsar nuestro desarrollo. La infraestructura digital que se requiere desplegar es la condición habilitante para transformar nuestra economía, y la minería puede ser nuestro gran motor.
Así, para Chile el recurso estratégico del siglo XXI no está sólo bajo tierra. Está en los datos que seamos capaces de convertir en inteligencia productiva y exportable. Sin embargo, para aprovechar esta oportunidad hay que tener presente que, mientras los minerales se exportan en barcos, la inteligencia se hace por cables.