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Tras los orígenes del oro de Margamarga

El asiento minero conocido como El Alamillo puede haber estado ubicado inmediatamente al sur del cerro Álamo, en alguna de las rinconadas que dan origen al estero Pangue.

Por Waldo Cuadra y Marco Arenas

A mediados del siglo XVI la extracción de oro en las economías mineras más importantes de Hispanoamérica se estaba desplazando desde la explotación de placeres auríferos hacia la de vetas, debido al agotamiento relativo de los depósitos aluviales. En Chile, a pesar de que la explotación de placeres se encontraba en plena expansión, los españoles iniciaron la búsqueda del origen del oro de Margamarga. Para ello se exploró los cerros de la Cordillera de la Costa ubicados al este del depósito aluvial. Fruto de esa búsqueda se descubrieron las famosas vetas auríferas de El Álamo.

De Margamarga a las vetas auríferas

Los comentarios de un cronista de la época ponen en evidencia que la explotación de placeres auríferos en Chile se encontraba en plena expansión: ”y en todas las más partes muchas minas de oro muy subido, que casi todo llega á la ley y alguno pasa, muy ricas y buenas hasta en la costa de la mar, que nunca tal se ha visto por la naturaleza del oro, enemiga de la sal, de las cuales, con haber estado siempre la tierra de guerra, se sacaron desde el año 42 hasta el 60 más de siete millones de oro suelto, porque hasta agora no se ha descubierto nascimiento ninguno, aunque por lo mucho que hay en todas partes se entiende que los ha de haber muy buenos…”.

Los mineros españoles conocían muy bien la relación entre un depósito mineral de origen primario o yacimiento “madre” y uno secundario, como se indicaba desde las Ordenanzas de Minas de 1549 en adelante. Hoy entendemos que ésta no es una relación sine qua non, pero el macizo cordillerano costero, donde nace el estero de Margamarga, fue explorado tempranamente por los españoles, lo que condujo al descubrimiento de las minas de El Álamo. En ese proceso, los españoles pueden haber llegado a El Álamo usando uno de los accesos principales a este grupo de minas que se encuentra por el oeste de las mismas, por la cuesta de Colliguay, subiendo por la quebrada que da origen al estero Margamarga.

El asiento minero conocido como El Alamillo, puede haber estado ubicado inmediatamente al sur del cerro Álamo, en alguna de las rinconadas que dan origen al estero Pangue. Éste conecta hacia el este con el estero Puangue (conocido durante la Colonia como río de Colliguay) y luego hacia el sur hasta el “tambo viejo” de Curacaví. En los alrededores de dicho asiento, se descubrieron vetas de oro, lo que estimuló su explotación desde, por lo menos, 1554 en adelante. En 1556, un complemento a las ordenanzas de minas vigente, realizada por el Cabildo de Santiago, tuvo en consideración el amparo especial de estas minas “por estar ubicadas en un cerro de difícil explotación”. La misma condición prevaleció en 1559 cuando tres mineros del asiento hicieron una presentación para obtener el amparo de sus minas. Lo anterior fue debido a que al entrar ese mismo año en vigencia las Ordenanzas de Santillán, estos mineros se vieron imposibilitados de utilizar indígenas en el transporte de carga pesada relacionada con el trabajo minero, lo que podría estar indicando que estos últimos estaban siendo utilizados como apires o capacheros, ya sea en el transporte a la cancha o a los posibles asientos de beneficio. La condición de cerro trabajoso señalada en el documento, podría estar indicando nuevamente condiciones difíciles para su explotación y con la necesidad de transportar cargas pesadas de mineral. Estos antecedentes permiten visualizar una faena de explotación de vetas auríferas, cuyas dificultades llevaron al Cabildo de Santiago a autorizar un trato particular a los mineros del asiento. Las condiciones geológicas de este sector refuerzan tal observación.

Los primeros asientos de beneficio

En 1576 la actividad del asiento se vio incrementada por lo que puede ser considerado como uno de los primeros asientos de beneficio de Chile para la recuperación de oro en vetas. Así lo testimonia la documentación colonial relativa a mercedes de sitios para la construcción de ingenios para moler metal, concedidas a varios vecinos influyentes de la cercana ciudad de Santiago, entre los que se destaca su gobernador, Rodrigo de Quiroga.

Las concesiones contaban con una extensión de diez a veinticuatro cuadras, condición que durante el siglo XVIII fue rebajada a una cuadra. Dichos terrenos estaban destinados a la construcción de máquinas, heridos, casas de administración y para las habitaciones del personal. El espacio disponible estaba destinado a soportar a un reducido número de personas y es posible que se haya desarrollado actividades agrícolas para el abastecimiento de alimentos, en un sector con escasos suelos cultivables. Así lo estaría indicando el trueque de tierras ocurrido el año 1636, entre un nieto de Juan Jufré, uno de los dueños de los sitios para ingenio de moler metales y Mateo Lepe, fundador de la estancia, que pasó a ser conocida como Estancia de Lepe por merced de tierras del año 1611. En un documento se señala: “Que las dichas tierras serán diez o onze leguas de esta ciudad (Santiago) que es el sitio donde los indios mineros, que fueron de el dicho General Joan Jofre, solían sembrar…” Este testimonio reviste particular importancia, pues demuestra que el asiento minero se mantuvo estable hasta después de la entrega de las mercedes de sitios para la instalación de los ingenios. Además, la categoría de indios mineros define a un grupo especializado en esta actividad, obligados a cumplir con un ciclo agrícola en tierras que fueron concedidas para el establecimiento de un asiento minero-metalúrgico.

El traslado de los indios encomendados a los asientos de minas responde a la lógica organizacional de la mita del Tawantinsuyu y aplicada tempranamente por los españoles. En definitiva, se está en presencia de “un grupo de indios” del general Jufré, que desarrollaron actividades agrícolas en un sector del alto Puangue para suplir las necesidades de alimentos de esta mita minera.

La primera merced de sitio para ingenio en El Alamillo fue asignada a Alonso de Córdoba, como primer peticionario. Ésta fue otorgada en un ancón de tierras pegada al cerro del Río llamado El Alamillo, rinconada que podría corresponder a la actual localidad de Pangue o a la rinconada de Chonchón, vecina a la anterior. La escasez de terrenos llanos y lo amplio de las concesiones, debe haber motivado la expansión de la ocupación más allá de las posibilidades de El Alamillo, como lo indica la misma provisión de mercedes de sitios y el deslinde posterior de una de las concesiones con la estancia de Lepe.

El trabajo “al pirquén” es una característica de explotación básicamente colonial, limitada por los recursos técnicos de la época. La presencia de mineralización aurífera en vetas y vetillas de cuarzo identificadas en el cerro El Álamo junto a la descripción de “cerro trabajoso”, dada en los documentos tempranos obligaba a seguir “la guía”, propiciando un trabajo de “galerías” desordenadas. La minería de vetas requiere un mayor gasto que el de los trabajos en placeres, pero al mismo tiempo permite reducir el número de operarios. En esta cadena de producción pasarán a ser conocidos como: barreteros, apires, chanqueadores y trapicheros.

Previo a la instalación de ingenios (las noticias más tempranas que se tienen de El Álamo datan de 1554) y de la introducción de la amalgamación, el oro puede haber sido recuperado por medio de un proceso de chancado inicial y posterior lavado de los minerales, para luego recuperar el oro a la vista o bien por fundición directa de los mismos.

Explotación de vetas y antecedentes del trapiche chileno

Teniendo en consideración que la minería de placeres auríferos era la principal fuente de ingresos de los españoles durante la segunda mitad del siglo XVI, se destaca para dicho periodo el rol que tuvo el asiento minero de El Alamillo. Todo indica que esta faena se encontraba orientada principalmente a la explotación de vetas auríferas, lo que posibilitó la introducción de nuevas técnicas, inspiradas con toda seguridad en las innovaciones metalúrgicas (como el “beneficio por sutil”) introducidas en las minas de plata de Potosí hacia 1570 e impuestas localmente por el desarrollo de minería de vetas.

Dicha adecuación se relaciona con el ingenio de moler metal, constituyendo este hecho el antecedente tecnológico más antiguo hasta ahora conocido en Chile, del posteriormente popular trapiche chileno. La reaparición de esta máquina hacia fines del siglo XVII en el vecino asiento minero aurífero de Colliguay, vuelve a destacar la importancia de la localidad en el plano de las innovaciones tecnológicas destinadas a la producción de oro en Chile. Luego, su uso se hizo extensivo en todo el país durante el siglo XVIII, llegando a los más importantes asientos de beneficio destinados a recuperar oro de vetas, incluyendo nuevamente a las famosas minas de El Álamo.