Revista Minería Chilena Nº407

mayo de 2015

Por una buena articulación

Cada cierto tiempo Chile se ve enfrentado a desastres naturales que suelen evidenciar que, a pesar de la experiencia acumulada, como país todavía no estamos lo suficientemente organizados para reaccionar con rapidez, orden, eficacia y de manera mancomunada y bajo un liderazgo nítido.

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Al 16 de abril, tres semanas después de ocurrida la emergencia climática en el norte del país, había aún 130 pequeñas mineras sin accesibilidad y 19 dañadas, de un total de 507 faenas censadas en la zona comprendida entre Taltal y Vallenar, la más afectada por los temporales. Esto, según el catastro que en conjunto realizaron Enami y Sonami, por instrucción del Ministerio del ramo. Preliminarmente el Gobierno estimó en US$1.500 millones el gasto fiscal que involucraría reconstruir las áreas damnificadas por el aluvión, de los cuales US$500 millones serían traspasados de recursos de la Ley Reservada del Cobre.
Son las frías cifras de una catástrofe que azotó a una zona eminentemente minera, que exhibe una alta presencia de faenas medianas y pequeñas –más del 50% de la minería de este tipo está en la Región de Atacama– y que una vez más puso a prueba la capacidad de reacción de autoridades, organismos competentes, empresas y ciudadanía en general.

Cada cierto tiempo Chile se ve enfrentado a desastres naturales, sean incendios forestales, erupciones volcánicas, sismos de gran magnitud, aludes, maremotos… que suelen evidenciar que, a pesar de la experiencia acumulada que ya tenemos en este tipo de eventos, como país todavía no estamos lo suficientemente organizados para reaccionar con rapidez, orden, eficacia y de manera mancomunada y bajo un liderazgo nítido, ante fenómenos de esta magnitud.

En el caso puntual del reciente temporal en el norte, por ejemplo, los afectados han reclamado por la lentitud en la limpieza de las calles, donde la tardía remoción del barro acumulado que se secó con el paso de los días, se ha convertido en una amenaza de contaminación por polvo en suspensión. Esto se suma a los daños en los sistemas de alcantarillado, que podrían derivar en riesgos para la salud pública.

[¿Por qué no tener una instancia especializada en este tipo de emergencias, que aproveche el conocimiento que tienen diversos actores, como la industria minera, así como su disposición a ayudar?]

Si bien las comparaciones son a veces ingratas, vale la pena recordar lo sucedido en 2010 con el accidente de los 33 mineros, donde agentes públicos y privados actuaron coordinadamente en pos de un objetivo común: el rescate. Bajo un liderazgo claro y activo, que no solo fue político-social sino también técnico –no se dudó en convocar de inmediato a los expertos– hubo un esfuerzo logístico bien organizado que tuvo resultados exitosos. Es más, este capítulo puso el nombre de Chile en la conciencia internacional, como modelo de un país donde no se escatiman recursos humanos, financieros, tecnológicos, para alcanzar un bien superior.

Tomando esa experiencia y anticipándonos a nuevos sucesos, cabe preguntarse ¿por qué no replicar la forma en que se enfrentó el rescate de los 33 ante otras emergencias?, ¿por qué no tener una instancia especializada en este tipo de sucesos, que aproveche el conocimiento que tienen diversos actores, como la industria minera, así como su disposición a ayudar? En efecto, hubo compañías que tras el aluvión del norte “se hicieron cargo” de sus vecinos, como fueron Salvador con Diego de Almagro y Caserones con la localidad de Los Loros.

Es también destacable la iniciativa impulsada por Sonami y Enami “La Minería ayuda a la minería”, que busca rehabilitar las faenas de pequeña escala afectadas, y que ya tiene a las empresas grandes y medianas trabajando por recuperar la conectividad en los caminos. Son pasos que apuntan a lo mismo: articularse bien frente a una emergencia.