Revista Minería Chilena Nº452

febrero de 2019

Por Juan Pablo González es presidente del Instituto de Ingenieros de Minas de Chile.

Recientemente nuestro Instituto organizó la V versión del Seminario de Fundiciones y Refinerías de Cobre. El programa incluyó exposiciones de los gerentes de todas las fundiciones que operan en Chile, ante una audiencia de profesionales expertos en la materia. Asimismo, contamos con la presencia de los autores y colaboradores del DS 28, y autoridades del sector.

Esta actividad, sin duda, nos permite construir nuestra propia visión de la situación que enfrenta Chile como principal productor  de cobre del mundo. Con una producción de 3,9 millones de toneladas de concentrado, versus los 12 millones a nivel global, somos un actor importante.

Las fundiciones chilenas, mayoritariamente integradas, en particular las de Codelco y Enami, tienen bajos márgenes de utilidad, considerando los actuales cargos de tratamiento y refinación que existen en el mercado. Estos cargos no se rigen por el precio del metal y pueden tener variaciones relacionadas con oferta y demanda de capacidades de fusión, o debido al poder monopólico, si existiera o se generara.

A nosotros nos interesa mirar integralmente la toma de decisiones. Vemos la conveniencia de incorporar elementos distintos a la rentabilidad. El principal es la dependencia eventual de las regulaciones internacionales y del potencial poder monopólico de los fundidores.

El aporte de las fundiciones y refinerías al negocio minero completo se puede analizar desde distintos aspectos. Para ello sería deseable que empresas como Codelco y Enami administren en forma bien diferenciada el negocio minero propiamente tal, versus el de fundición y refinería.

Por una parte, el modelo de fundiciones integradas tiene claros beneficios cuando se trata de procesar concentrados con alto contenido de arsénico, que es una realidad para Codelco, que se estima irá en aumento. En el caso de que sean tratados en fundiciones externas, podrían cobrarse cargos de tratamiento muy diferentes a los que actualmente tiene la Corporación, lo que transformaría la decisión de vender concentrados, para ser tratados en fundiciones externas,  en una mala determinación.

Mantener la fundición de concentrados dentro de las empresas actuales, es decir integrada, debiera significar algunas ventajas, como fidelización de clientes que escogen los productos por calidad y/o condiciones especiales solicitadas al productor. Pensemos que el cobre que se utilizará en negocios como la electromovilidad, puede ser muy diferente del actual.

El posicionamiento de nuestros productores les da más peso en el mercado, lo que permitiría influir en los términos con que se manejan en las transacciones. Otra ventaja de la integración es compartir costos de administración, de comercialización, etc.

Las fundiciones chilenas deben llegar a ser competitivas y para ello se requieren procesos de transformación. Algunos de ellos ya se han realizado, principalmente con el cumplimiento del DS 28, que significó varios billones de dólares en inversión para capturar CO2 y arsénico.

Pero podemos esperar que haya nuevas normas que restrinjan aún más la operación. Probablemente este país se va a plantear, en un futuro, una mayor exigencia de captura, pasando a 98%. Entonces, debemos preguntarnos cómo seguimos siendo competitivos y agregando valor a esta industria.

Ante un problema que afecta al país entero, no vemos una política nacional al respecto. Los últimos gobiernos no han dedicado el tiempo ni los recursos para enfrentar esta situación y vemos que las empresas estatales, dueñas de la mayoría de las fundiciones, buscan por su cuenta las soluciones a lo que debiéramos enfrentar como país.