Historia oficial de “Los 33” revela inéditos detalles del encierro en la mina San José

Estadounidense Héctor Tobar conversó con todos los rescatados y leyó la bitácora de Víctor Segovia. Por ahora no hay acuerdo para publicar la obra en español.

(El Mercurio) Una lata de jurel. Otra de duraznos. También una de porotos. Y 18 de atún. Veinticuatro litros de leche (ocho de ellos vencidos). Noventa y tres paquetes de galletas. Diez litros de agua.

Según calcularon, si cada uno comía una o dos galletas y una cucharada de atún al día, las provisiones les alcanzarían para una semana. Esa noche, la del jueves 5 de agosto de 2010, la primera de las 69 que pasarían atrapados a 800 metros de profundidad, los 33 mineros de la mina San José no imaginaban que aún tendrían que resistir 17 jornadas antes de volver a tener contacto con la superficie. Y para recibir alimento. Al menos, los cubiertos no serían un problema. Contaban con 240 cucharas y tenedores plásticos.

Escenas como esta describe “Deep down dark”, el libro oficial de la odisea de los 33 mineros de Atacama que será lanzado en octubre en Estados Unidos y es paralelo a la película “Los 33” (ver recuadro).

Su autor, el periodista, escritor y ganador del Pulitzer Héctor Tobar, un estadounidense de padres guatemaltecos, trabajó tres años en el texto, cuyo resumen fue publicado en el sitio web del semanario The New Yorker (www.newyorker.com) y aparecerá el lunes en la versión impresa.

Tobar viajó cinco veces a Chile e invirtió cientos de horas en entrevistas en Santiago y Copiapó, describe desde Los Angeles, California, donde trabaja en la sección de libros de LA Times.

Además de los testimonios de los 33 mineros, tuvo a su disposición la célebre bitácora en la que el minero Víctor Segovia registró la vida en el encierro. “Tener una documentación escrita ayuda a fijar los tiempos en que pasan las cosas. Eso me ayudó a reconstruir los hechos”, explica.

El libro, que por ahora solo circulará en inglés -aún no hay acuerdo con una editorial que lo traduzca y lo venda en Chile y Latinoamérica-, dedica su primera parte a los 17 días en que los mineros estuvieron aislados, la etapa sobre la cual han mantenido un pacto de silencio.

Así, refleja su angustia por el hambre y la inminencia de morir enterrados. Víctor Zamora, por ejemplo, irrumpió junto a varios compañeros en el depósito de provisiones. Florencio Ávalos había dado instrucciones de no tocarlas, pero los mineros sacaron varios paquetes de galletas y cajas de leche.

Zamora diría después que no pensó mucho sobre lo que hacía: “Tenía hambre, era el momento de comer”.

“Con lo que se acaban de comer, nos serviría para aguantar tres días más acá abajo”, los encaró Ávalos.

Recién en ese momento, según el libro, Zamora entendió la gravedad del accidente. Quince días después del derrumbe, pidió hablar con sus compañeros y se mostró arrepentido: “Cometí un error… Lo siento… Pensé que estaríamos encerrados unos pocos días”.

“Lo que nunca olvidaré es ver a los compañeros muriendo frente a mis ojos”, le confesaría Zamora a Tobar, en alusión al hambre que padecieron.

El libro revela que Omar Reygadas sentía fuertes molestias en su pecho y un ardor en un brazo, cuya movilidad perdió. Lo atribuyó a un infarto e imaginó su muerte, con sus 32 compañeros junto a su cadáver podrido por el calor.

Fue entonces que “comenzó a sentir una brisa sobre él”. Lo interpretó como una ayuda divina, y cada día, a las 6 de la tarde, volvía junto a compañeros a respirar profundo y más fresco.

“Hasta aquí llego”, se dijo Florencio Ávalos una noche. Abatido, pensó en sus hijos y se los imaginó creciendo sin él. Se recostó en una camioneta y durmió abandonado a su suerte.

Cuando despertó, sus compañeros lo rodeaban: “Estábamos preocupados. Pensábamos que te habías lanzado al pozo”.

Muchos de ellos, dice Tobar, escribieron cartas de despedida. Hasta que el 22 de agosto hubo contacto con el exterior y renació la esperanza.

 Hasta de un rescatista

Inspiración. La odisea que cautivó al mundo entre agosto y octubre de 2010 ha inspirado una decena de libros, aunque el de Héctor Tobar es el único que cuenta con los testimonios de los 33 sobrevivientes y la bitácora de Víctor Segovia. A continuación, algunos de los textos disponibles en el mercado.

“33 bajo tierra”, de Francisco Leal (editorial Forja).

“Vivos bajo tierra”, de Manuel Pino (Penguin Group).

“Setenta días de noche”, de Emma Sepúlveda (editorial Catalonia).

“Los 33”, de Jonathan Franklin (editorial Aguilar).

“Rescate”, de Andrew Chernin (editorial Debate).

“Chile 33”, del teniente de la Armada Roberto Ríos, parte del equipo de rescatistas.

“Milagro en la mina”, del minero José Henríquez.

Película todavía no tiene fecha de estreno

“Cuando estaba escribiendo el libro, trabajé mucho con el guionista José Rivera y con el productor Edward McGurn. De hechos, muchas de las entrevistas las hice con ellos presentes”, cuenta Héctor Tobar respecto de la relación que tuvo con el equipo que trabaja en la producción de la película “Los 33”, la otra obra basada en el testimonio directo de los mineros de Atacama, que se lanzará próximamente y que es parte de los contratos firmados por los mineros para dar a conocer su historia.

“Yo compartía las páginas de mi libro con los productores de la película, entonces, trabajamos juntos por un par de años. Ellos también me hacían preguntas, así es que es un trabajo conjunto”, agrega el periodista y escritor a la hora de precisar las similitudes entre su obra y el guión de la película.

Pero mientras “Deep down dark” ya tiene un lanzamiento previsto para octubre, “Los 33” aún está en la etapa de posproducción y montaje. Su estreno está previsto para fines de este año o comienzos del próximo, dice a “El Mercurio” Gregg Brilliant, publicista de la película que dirigió Patricia Riggen.

Con estrellas como Antonio Banderas, Juliette Binoche, Gabriel Byrne, Lou Diamond Phillips, Mario Casas y Rodrigo Santoro, el elenco de “Los 33” permaneció entre febrero y marzo pasados en Chile grabando distintos segmentos en Copiapó y Santiago. Incluso las últimas escenas fueron grabadas en La Moneda.

Antes habían trabajado en una locación en Colombia, donde se recreó el interior de la mina San José.

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