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¿Una minería con robots?

La minería chilena debe despertar de un largo letargo tecnológico y volver a crear tecnología aplicada a su realidad, tal como ocurrió en la época dorada de los ‘90.

A mi juicio, la robótica va a irrumpir en la minería en forma muy audaz a mediados o fines de la próxima década, una vez que se afinen y/o eliminen las limitaciones tecnológicas, y se supere el conservadurismo intrínseco de los ejecutivos mineros. Como ejemplo, no puedo dejar de imaginar por qué un camión minero de más de 300 ton, que cuesta montado cerca de US$6 millones, no tiene un agregado tecnológico para ser full autónomo, con un sobre-presupuesto estimado de no más  de US$1 millón por equipo.

Este camión autónomo podría tener un tiempo real de uso superior a 22 horas/día (salvo en mantenciones programadas/eventuales), en vez de las 15 a 17 horas/día habituales en la minería chilena. El equipo se amortizará más rápido, tendrá sensores que le permitirán auto-inspeccionarse, evitará riesgos de colisión, y siempre podrá trasladarse en la velocidad óptima en términos productivos y energéticos. Sólo necesitaría un reducido grupo de trabajo altamente calificado, que operaría una flota completa de forma remota y con escasa o nula interacción con los camiones en terreno.

Asimismo, es perfectamente posible automatizar las perforadoras, palas, cargadores, scoops, plantas de chancado, molienda, flotación SX-EW, desaguado, manejo de relaves, laboratorios, etc. La dotación propia de una empresa podrá reducirse hasta unas pocas decenas de personal de buen nivel, apoyado con algunas centenas de contratistas especializados en la mantención de equipos y limpieza industrial.

¿Qué implicaría para la gran minería del cobre una operación robotizada? Será un quiebre tecnológico que le permitirá ser altamente rentable, con costos totales bajo US$1 la libra, productividades que crecerán considerablemente, equipos que tendrán una alta disponibilidad y una gestión de activos que mejorará drásticamente. El foco de la “inteligencia” en la minería será optimizar procesos al máximo y verlos todos de manera integrada.

La fórmula chilena de diseñar nuevas minas y plantas, así como expansiones, sólo con tecnología industrialmente probada, ha implicado que otros países se nos adelanten en varios años, protegiendo el conocimiento creado con licencias y patentes. Seguir compitiendo con tecnologías obsoletas nos hace pasar de una posición relativamente ventajosa, por nuestras buenas leyes de mina, a una posición de costos extremos, con riesgos de tener que paralizar operaciones por ser muy caras.

El reemplazo de personas por robots siempre será discutible. Algunas organizaciones podrán entenderlo bien y mejorar sus prácticas operacionales (más productividad, menos paralizaciones, más compromiso) y les permitirá postergar el ineludible cambio, y en otras en que el conflicto es mayor y permanente, el cambio será más rápido.

La alta administración de empresas mineras debe entender que la innovación es una inversión, es decir, un capital y no un costo. Si Chile no se adapta a crecer en tecnología de avanzada quedaremos obsoletos, con muy bajo nivel de productividad, cara e ineficiente mano de obra, más los riesgos de paralizaciones y huelgas.

La minería chilena debe despertar de un largo letargo tecnológico y volver a crear tecnología aplicada a su realidad, tal como ocurrió en la época dorada de los ‘90, cuando se destacó a nivel mundial por su innovación (CMT, lixiviación en pilas y otros) o en los años ‘70, cuando daba clases al mundo de cómo hacer minería subterránea (caving).

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