Tomarse la sopa con una cuchara de té

La industria en general, y la minería en especial, se han visto enfrentadas a un cambio en la percepción y valoración de la ciudadanía y las autoridades en todo el mundo.

Hoy nadie se atrevería a pensar que es inocuo verter los relaves de una operación minera directamente en la costa, y menos si está en las inmediaciones de un centro poblado. Sin embargo, en el pasado ésta era una práctica aceptada, y fue la realidad de la División Salvador de Codelco con la ciudad de Chañaral.

En 1971 la Corte Suprema de Justicia de Chile dictaminó en el caso “Gálvez N. Joaquín con Andes Copper Mining Co.” (nombre original de la actual División Salvador), que la compañía debía seguir vaciando sus relaves en el Río Salado. Este juicio empezó como oposición a la solicitud de la compañía de autorización para construir tranques de relaves y detener la descarga de éstos en el río, donde se habían instalado varias empresas a reprocesar los relaves de la compañía. En 1988, en el caso “Pedro Flores San Martín y otros contra la División Salvador de Codelco”, la Corte de Apelaciones de Copiapó ordenó a la División detener la descarga de relaves en el río. Es claro el cambio de criterio de los jueces en ambos fallos. En el primero la prioridad era el empleo; en el segundo, el cuidado ambiental y la salud de las personas.

[La nueva realidad ha obligado a cambiar prácticas tanto operacionales como de diseño de nuevos proyectos.]

 

Interesante es que años después la Cámara de Diputados aprobó el pago de una indemnización de 200 UF a todos los “tomeros” (nombre que se dio a quienes reprocesaban los relaves en el Río Salado) o sus descendientes.

Esta nueva realidad ha obligado a cambiar prácticas tanto operacionales como de diseño de nuevos proyectos. Interesante es el diseño que Anglo American Chile presentó a fines de 2018 respecto de la explotación de un yacimiento ubicado en un área de glaciares. Lo óptimo desde una perspectiva económica es un rajo abierto, con un nivel de tratamiento del orden de las 200.000 toneladas por día, pero con gran impacto en los glaciares del sector. La compañía ha decidido presentarlo como una mina subterránea, con un nivel de alimentación a planta de 30.000 toneladas por día. Cuando comentábamos esta noticia con un amigo, me decía “es como tomarse la sopa con una cuchara de té”, con lo que estoy de acuerdo. Sin embargo, es peor no poder tomarse la sopa.

La recepción a esta información debiese ser positiva, pues es una muestra de cómo la industria minera ha evolucionado y considera sus impactos en los diseños y busca la forma de minimizarlos.

Otro amigo me comentaba que años atrás, al preguntarle a un ministro de Minería recién asumido cuáles eran los desafíos para su gestión, la respuesta fue “primero la declinación de las leyes de las minas, segundo el aumento de la dureza de los minerales y tercero el uso de recursos como el agua y la energía”. Años después, pudo hacerle nuevamente la pregunta al ministro, ya fogueado, y su respuesta fue “primero, segundo y tercero: la relación con las comunidades”.

Las preguntas que debemos plantearnos los involucrados son: cómo optimizamos nuestras prácticas, cómo hacemos crecer la minería y –al mismo tiempo– cómo mejoramos la percepción y valoración que se tiene de nuestra industria. Éste es el desafío.