Revista Minería Chilena Nº446

agosto de 2018
André Sougarret

Más allá de sus diferencias con la gran minería, la actividad minera de menor escala también potencia y complementa el impacto global de la industria como motor de la economía chilena. Mirado estratégicamente, el sector es un engranaje eficaz para impulsar la reactivación a la que aspira el gobierno, porque aporta rentabilidad social y mejora la calidad de vida de sus actores, brindando oportunidades de desarrollo a más de 40 localidades del norte. Es especialmente en esos lugares donde genera empleos e importantes encadenamientos productivos, con recursos que se quedan en regiones.

Se trata de una actividad que, desde sus orígenes, mantiene el emprendimiento como la espina dorsal que apuntala su crecimiento. Y en esa cadena, la Empresa Nacional de Minería ha logrado consolidarse como un eslabón necesario para transformar en riqueza, recursos que, de otro modo, no serían aprovechados en beneficio de la población chilena.

Sin embargo, fortalecer el negocio de la pequeña y mediana minería implica componer el equilibrio económico de Enami. En la última década la empresa ha disminuido fuertemente su patrimonio y mantiene pérdidas estructurales derivadas, por un lado, del déficit anual cercano a US$16 millones, asociado al gasto total de las tareas de fomento que cada año superan los US$8 millones asignados por Ley de Presupuesto. Y, por otro, de la dificultad de solventar los altos costos operacionales de Paipote, a raíz de la baja inversión para conservar su capacidad productiva y las restricciones ambientales asociadas a su emplazamiento.

[Fortalecer el negocio de la pequeña y mediana minería implica componer el equilibrio económico de Enami.]

 

Sin Enami no hay pequeña ni mediana minería posible y viceversa. Es claro que para asegurar el desarrollo sostenible de ambas es preciso dar cumplimiento eficiente y eficaz al doble rol de fomento productivo que el Estado asigna a Enami, pues en su tarea de brindar asistencia técnica, financiamiento, transferencia tecnológica y capacitación a los pequeños productores, persiste también el desafío de replantear cómo hacer fomento para concebir un círculo virtuoso capaz de estimular mayor eficiencia, tanto en explotación como en beneficio, generando una estructura de costos coherente con el mercado del cobre.

Con ese norte, una de las prioridades de Enami es concretar, en el mediano plazo, disposiciones destinadas a superar las brechas estructurales que frenan la sustentabilidad de muchas faenas mineras de menor escala, como el agotamiento de minerales oxidados, leyes cada vez más bajas, mayor transparencia del proceso de compra o las exigencias en seguridad y medio ambiente que pueden desincentivar la producción.

Resulta lógico entonces, que los desafíos del fomento hacia el sector son también los desafíos esenciales de Enami, por lo tanto, es vital asegurarle un mejor desempeño económico, ambiental y social, avanzando hacia un gobierno corporativo con estándares del siglo XXI, fortaleciendo instrumentos de crédito y definiendo inversiones donde la presencia de su capacidad procesadora es clave para el progreso.

El proyecto modernizador de la fundición sigue esa dirección. Su materialización es necesaria para la sustentabilidad de Enami, pues en este plan, profundizar su política de fomento significa contribuir a la descentralización efectiva del país y mejorar la distribución de la riqueza, con acento en insertar plenamente su impacto en el entorno y las comunidades vecinas.