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El Desierto y la Minería

Inevitablemente se reconoce un contraste entre ese desierto maravilloso y nuestra dura, importante y necesaria historia minera.

Sobre el Desierto de Atacama se puede escribir una enciclopedia completa. Desde sus laboratorios naturales de geología, astronomía, océano, arqueología, antropología, minería o historia, hasta sus increíbles paisajes. Asimismo, hay una relación entre las personas y este espacio, una especie de mística establecida, que tiene lugar cuando el desierto las acepta y se los hace saber. Es mi propia experiencia.

Mi primer regalo fue en una mina de oro cuando la energía y el entusiasmo sobraban para entenderse con las escaleras de gato, los complicados caminos auxiliares, las estrechas “chululeras” o cualquier peligro en las minas pequeñas. Allí me esperaba una drusa con grandes cristales dorados de baritina. Un caso único en la mineralogía.

Luego fue en el desierto absoluto. Una pequeña roca negra entre sus congéneres rojos, que primero atrajo mi atención y luego me llevó al descubrimiento de una serie de increíbles talleres líticos. Tener en mano propia un percutor que usó otro ser humano hace 2000 años, produce una extraña sensación de comunicación con el pasado.

Más adelante apareció una pequeña lámpara minera de bronce, de aceite de lobo, intacta y fija en su horquilla, que me estaba esperando en el fondo de una estocada que buscaba cortar una veta de plata.

Otra vez fue el fósil del cráneo completo de un cocodrilo marino del Período Jurásico, dentro de una concreción. Un hallazgo único que hoy se muestra como el ejemplar mejor conservado del mundo en su tipo, en el Museo Geológico de la Universidad Católica del Norte.

Después un presente venido del espacio exterior, desde las estrellas. Una noche en que volvía al campamento, de la nada, todo el cielo se llenó de una luz blanca y sobre nuestras cabezas pasó, rotando sobre sí mismo, un gran meteorito que repartía fragmentos incandescentes con un ruido atronador.

Estos regalos especiales, más muchos otros como escuchar el silencio, caminar por la soledad de los laboreos de minas profundas, encontrarse con tantas estrellas o una enorme luna roja en un cielo de terciopelo, traspasar el umbral que separa el Desierto del Altiplano y encontrarse con los volcanes, preguntarse por el color de las rocas, descifrar una fauna y flora únicas, conversar con los paisajes escondidos, reconocer la microvida de bacterias y archaeas en los salares y lagos salinos, tratar de entender el movimiento perpetuo del mar, convierten a las personas en una parte física de este todo que es el norte de Chile. Ésta es una situación que cualquier persona puede conocer, experimentar o disfrutar.

Ahora bien, en este mismo espacio está presente la minería en todos sus rincones. Esa actividad industrial que es la que más influencia ha tenido y tiene en la historia del país y que tanto significa para su economía. Esa minería de relaves, desmontes, laboreos inmensos abandonados, humos obscuros, pozos secos, caminos, huellas, tortas de lixiviación, pueblos fantasmas y sus cementerios sin nombres, sus historias de revoluciones, movimientos sociales y mil símbolos más de su devenir.

No se puede dejar de pensar y comparar ambas visiones. Inevitablemente se reconoce un contraste entre ese desierto maravilloso y nuestra dura, importante y necesaria historia minera. ¿Cómo encontrar un camino armónico y común para ambas?  A la fecha se buscan las respuestas.

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