Hay uranio en Chile. No está claro cuánto, pero parece lo suficiente -dicen los más optimistas- como para que se transforme en una actividad extractiva que incluso podría llevar a la exportación.

Desde 1950 que nuestro territorio está bajo la lupa de quienes lo buscan. El uranio se encuentra en bajas concentraciones en el suelo, el agua y las rocas. Se presenta asociado a diversos minerales, principalmente la pechblenda o uraninita. También es un subproducto de la producción de cobre, oro o fosfatos.

En 1957 una misión estadounidense apoyó el rastreo del mineral en nuestro territorio, algo que hizo en cada país de Latinoamérica. No convenció: lo que se encontró era de baja ley.

En prospecciones posteriores -realizadas por la Comisión Chilena de Energía Nuclear (CChEN) con el apoyo de la Agencia Internacional de Energía Atómica y otros organismos-, los informes preliminares han sido auspiciosos. La razón es que se buscaron modelos de explotación diferentes al que rastreaban los estadounidenses.

Falta eso sí un análisis más profundo. La potencial explotación se ha postergado. Primero por desconfianzas de los propios expertos en minas, derivadas del fracaso de los primeros informes, que se tomaron por absolutos; luego, por la crisis económica de 1982 y finalmente por los temores derivados de la tragedia de Chernobyl y la animadversión de los ecologistas.

No es estratégico

El tiempo ha pasado y hoy el precio del mineral en el mercado lo hace nuevamente atractivo. La libra de uranio alcanza los US$ 56 ($29.600), cuando en 2000 apenas llegaba a los US$ 7. Hay nuevas centrales en construcción y la demanda crece.

Salvo que aquí nadie parece interesado, aun cuando desde que se dictó el Código Minero, en los 80, dejó de ser un material estratégico. Es de libre denunciabilidad. Es decir, usted, yo y cualquier persona puede solicitar una pertenencia de uranio. La única excepción es que el Estado se reserva la primera opción de compra.

Hay por donde partir. En 1985, la CChEN presentó una carta pronóstico que abarca desde Tarapacá hasta Rancagua. Según ella, “Chile presenta condiciones para la explotación de uranio que van de medianamente favorables a favorables”.

El término “favorable” puede prestarse para confusiones. Según traduce el geólogo de la CChEN Heriberto Fortín, la favorabilidad consiste en determinar todos los parámetros en un área que son propios de un yacimiento de uranio. “Lo bueno de la favorabilidad es que permite hacer estimaciones”, comenta.

Admite que nunca las quisieron llevar a nivel periodístico porque eran potenciales.

Pero de vez en cuando salen a la luz. Como cuando el presidente de la CChEN, Roberto Hojman, dijo a un semanario en 2002 que habría 5 mil toneladas.

Ha pasado el tiempo, pero Hojman reitera su estimación: “Es una observación conservadora”, insiste, “podría ser diez veces más”. Y sólo se prospectó menos de 10% del país.

Según el físico, hay indicaciones de que la concentración de uranio en algunas muestras minerales es de dos a tres veces superior a las que se explotaron en Argentina.

Después del alentador pronóstico había que entrar a picar. La CChEN quiso hacerlo en los 80; el presupuesto nunca llegó.

Uno de los sondeos exitosos efectuados para el pronóstico tuvo lugar en Productora, al sur de Vallenar. Es la única pertenencia minera de la CChEN.

En definitiva, hay de donde sacar. No lo estamos haciendo. De hecho, lo estamos perdiendo.

Uno de los ejemplos es la mina de fosforita de Bahía Inglesa (la misma de los fósiles de mamíferos marinos de hace millones de años). Fortín y el geólogo Mario Rojo la descubrieron en el marco de las campañas de los 80. Se estimó que de ahí se podrían obtener hasta 300 toneladas como un derivado del ácido fosfórico. La planta que lo produce no cuenta con el circuito para recuperar uranio.

Habría stock

Añade que en algunos yacimientos de la gran minería se produce concentración de uranio en los circuitos primarios de lixiviación.

Según el geólogo, cifras de información técnica de las empresas acusan que se pierden cantidades tan apreciables de uranio que podrían abastecer un reactor de potencia si se acumularan. “Aquí no habrá un reactor de potencia en los próximos quince o veinte años. Si el Estado formara un stock, comprando este uranio barato, habría suficiente cuando entrara en operaciones para abastecerlo por años”.

Incluso si Chile optara por no apostar por la energía nuclear, podría obtener buen precio en el exterior. Y no sólo hay uranio. Los estudios de la CChEN mostraron que también hay prospectos de torio, el otro mineral clave para producir energía nuclear. Tampoco se han explorado.

De la mina al reactor

Para obtener el uranio, el mineral se remueve de la roca mediante procesos de refinado y molienda o a través del uso de líquidos. El material resultante es el concentrado de uranio o “yellow cake”. Éste, a su vez, mediante un proceso de conversión se transforma en hexafluoruro de uranio (UF{-6}), el cual al “enriquecerse” (purificarse) se convierte en uranio enriquecido o dióxido de uranio (UO{-2}), materia prima para fabricar combustible para los reactores o insumo para armas nucleares.

El enriquecimiento sólo lo realiza un puñado de países, como Francia, EE.UU. y Rusia. Cuando Irán comenzó a realizar este proceso, EE.UU. puso el grito en el cielo.

El material desechado en el proceso es el uranio empobrecido, que también se emplea como revestimiento para armas.

FICHA:

URANIO (U)

– Elemento químico de número atómico 92

– Posee diversos isótopos, incluido aquel de tipo radiactivo (U-235) que se emplea para producir energía nuclear y también desarrollar armas atómicas.

– Se presenta en forma de minerales en la naturaleza.

– En Chile puede encontrarse en la pechblenda (o uraninita), brannerita, ilmenita radiactiva, davidita y esfena radiactiva.

– También está presente en minerales secundarios como vanadatos y fosfatos.

¿ES SEGURA SU EXPLOTACIÓN?

La explotación del uranio no se diferencia de la de otro mineral metálico, salvo por el tema seguridad. El uranio, cuando forma parte de un mineral, no produce en su desintegración radiación gamma; sólo alfa y beta, que según los expertos, son menos nocivas. La emisión gamma tiene lugar más adelante en el proceso de enriquecimiento.

En la naturaleza, la desintegración pasa por un elemento gaseoso, el radón 220. Cuando se abre una mina de uranio, empieza la emanación de este gas. Al ser respirado, ingresa a los pulmones y tiene una vida muy corta por lo que alcanza a transformarse en emisión gamma. Para evitar que los mineros tengan contacto con el gas las minas cuentan con mucha ventilación.

El otro tema delicado de la minería del uranio son los desechos. Por eso, actualmente, la Comisión Nacional de Energía Atómica Argentina (CNEA) desarrolla un estricto programa de restitución ambiental de las minas abandonadas.

Allá también estuvo la misión norteamericana en los 50. Encontraron mineral, lo explotaron y por años las dos centrales nucleares trasandinas se han alimentado de él. En algún minuto fueron ocho complejos mineros fabriles de concentrado de uranio. Cerraron paulatinamente al agotarse sus reservas.

Hacia mediados de los 90 sólo quedaba la mina Sierra Pintada y la paridad con el dólar llevó también a su cierre porque no era rentable explotarla frente al bajo precio del uranio disponible en el mercado internacional. Pero, diez años después, las cosas han cambiado y los argentinos quieren reabrirla y explotar otras que han detectado.

Los grupos ecologistas han hecho una fuerte oposición. Lograron prohibir la minería a tajo abierto en Chubut, lo que impide la explotación del yacimiento uranífero de Cerro Solo. Y en San Rafael empresarios turísticos y agrícolas han ejercido presión para evitar la reapertura de la mina con el argumento de la contaminación de los relaves.

Fuente : El Mercurio